En Applehead Team hemos convocado a los autores de los libros que, por ahora, forman parte de la colección Noche de Lobos para pedirle a cada uno de ellos que nos recomiende una película ideal para formar parte de una maratón de Halloween.

El resultado deja muy claro cuál es la época en la que todos ellos crecieron y se convirtieron en los incondicionales del cine de terror que son hoy en día, hasta tal punto de consagrar su tiempo a investigar y escribir sobre el género en una serie de libros de los cuales algunos ya están publicados y otros aparecerán en los próximos meses.

Póngase su mejor disfraz, cojan sus chucherías favoritas, un buen montón de palomitas y las bebidas que necesiten, porque tienen por delante toda una noche de sustos y diversión garantizadas.

MIL GRITOS TIENE LA NOCHE (Juan Piquer Simón, 1982)
por Jesús Félix Sacristán (autor del libro Vacaciones en Crystal Lake: La saga de Viernes 13)

Siguiendo la máxima de Applehead de recomendar películas que se tomaran el terror «como fiesta y evasión», podría elegir alguna mezcla entre horror y comedia como   Inocentada sangrienta(April Fool’s Day, Fred Walton, 1986), El regreso de los muertos vivientes(The Return of the Living Dead, Dan O’Bannon, 1985), Viernes 13. 6ª Parte: Jason vive (Friday the 13th Part VI: Jason Lives, Tom McLoughlin, 1986) o La novia de Chucky (Bride of Chucky, Ronny Yu, 1998) … películas que intentaban asustar y hacer reír. Pero he decidido dar un paso más allá y recomendar uno de esos casos en los que uno no sabe si el director se está tomando en serio la película o es una parodia…

Así, mi elección para este Halloween es Mil gritos tiene la noche,en la que no queda claro si el director, Juan Piquer Simón, pretendía burlarse de forma artera del género slasher; o si se tomó en serio su trabajo y simplemente se coló su vena exploitation. O quizá, como tercera vía, decidió caminar en el pantanoso terreno transitado por Edgar Allan Poe en algunos de sus cuentos, que se pueden tomar en serio o interpretar como sátira.

El título castellano tiene reminiscencias del giallo, mientras que el original no puede ser más descriptivo del contenido: Pieces. Además,posee el mejor tagline de todos los tiempos o, al menos, el más sincero: «It’s exactly what you think it is!». Y sí, lo es, un inmejorable pastiche slasher, con su trágico evento del pasado como antecedente, al igual que La noche de Halloween(Halloween, John Carpenter, 1978). Un niño mata a su madre cuando ésta entra en cólera al descubrir que el chico estaba completando un puzzle de una mujer desnuda. La trama nos sitúa inmediatamente cuarenta años después, en un campus universitario donde se sucede una serie de asesinatos. Todas las víctimas son mujeres y a todas les falta alguna “pieza” de su cuerpo, como si el criminal estuviera componiendo un puzzle humano.

La trama intenta seguir la investigación policial mientras se despliega ante el espectador un muestrario del cine slasher: decapitaciones con motosierra, brazos cercenados, cráneos atravesados… Para el presupuesto que se presupone, los efectos están bastante conseguidos. Y no faltan los desnudos gratuitos, como esa víctima que se desviste en la piscina con los sones de un sugerente blues o la pareja que practica sexo a plena luz del día en el césped… Pero aún hay más: golpes contra espejos al más puro estilo slapstick de cine mudo, camas de agua, calentadores, aeróbic a lo Eva Nasarre… Y, como el espectador ya estaba acostumbrado a los tropos del slasher, se muestran falsas situaciones de peligro y sustos potenciados por un golpe de sonido.

Donde creo que el espíritu paródico se hace fuerte es en ese sosias de Bud Spencer llamado Paul Smith que igual acaricia una motosierra que lleva unas tijeras de podar, que reparte tobas casi igual que el italiano y parece una inspiración para el Willy de The Simpsons. Es un sospechoso tan evidente que se convierte, automáticamente, en descartable. Y qué decir de ese impersonator de Bruce Lee (el mismísimo Bruce Le), el profesor de kung fu de la universidad, que es vencido por la agente de policía infiltrada sin dificultad y él lo atribuye a un bad chop-suey (comentario un poco machista y un tanto xenófobo, muy Zeitgeist, en cualquier caso).

Igual es difícil diferenciar qué es lo genuino (quizá el momento más terrorífico, aquel en el que la tenista se orina encima cuando comprende que va a morir) y qué es lo paródico (a nadie le sorprenden las dificultades del asesino para colocar las piezas del puzzle con esos guantes de goma). Pero se podría afirmar que Pieces es la quintaesencia de lo que, en una de las famosas notas de Susan Sontag, se puede definir como sensibilidad camp: el amor a lo exagerado. La película está llena de hipérboles: en la realización —la cámara slow-motion o la repetición de planos—, en los personajes —la intensa respiración darthvaderiana del asesino—, o en el final —ese último susto que no se describirá para no destripárselo a quien todavía no haya visto la cinta—.

Sin embargo, siguiendo con Sontag, «los ejemplos puros de camp son involuntarios» y «resulta embarazoso mostrarse solemne y erudito a la hora de tratar lo camp», así que igual todo esto es un ejercicio de sobreanálisis intelectualoide, con lo que podría considerarse a este artículo como camp. Y lo camp que se reconoce como tal suele ser menos satisfactorio.

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NOCHE DE MIEDO (Fright Night, Tom Holland, 1985)
por Raúl Toral (autor del libro Magnífico día para un exorcismo: La saga completa de El Exorcista)

¿Qué hubiera sido de los videoclubs sin esas obras de arte, en ocasiones proclives al engaño, que eran las carátulas de los VHS? De todas ellas, las más atrayentes eran las del género de terror y una de las más impactantes era sin duda la de Noche de miedo.

En los 80, el subgénero de los vampiros no era ni mucho menos el más popular, aunque diera algunas joyas como Los viajeros de la noche(Near Dark, Kathryn Bigelow, 1987), Jóvenes ocultos (The Lost Boys, Joel Schumacher, 1987)o el Drácula (Yami no Teisou: Kyuuketsuki Dracula, Akinori Nagaoka, Minoru Okazai, 1980) animado de la Toei. A pesar de ello, Noche de miedo conseguía con éxito conjugar lo clásico con lo moderno. ¿Qué era esta película si no una alquimia perfecta entre las viejas producciones de la Hammer y los (hoy) tópicos del cine ochentero más desenfadado? En tiempos donde los hombres lobo jugaban al baloncesto, Noche de miedo dio una vuelta de tuerca usando la parodia como un arma respetuosa, recreando los otrora populares programas de cine de terror presentados por Vampira o su neumático exploit Elvira. En este caso, nuestro host es Peter Vincent (mezcla de los nombres de Peter Cushing y Vincent Price), una vieja gloria del cine de terror de serie B, encarnado por un excepcional Roddy McDowall que da vida a una versión de Van Helsing cobarde y charlatana que termina encontrando su lugar en el mundo al ayudar a un grupo de adolescentes encabezados por su fan número 1, Charlie (William Ragsdale), a derrotar a un supuesto vampiro (Chris Sarandon) que se ha instalado en la casa de al lado y usa sus armas de seducción para acometer una escabechina sanguinaria en el barrio.                                                                 

Los tics de la época se suceden para bien y para mal, por lo que nos topamos con unos maquillajes y efectos especiales prácticos la mar de imaginativos, humor negro, y en la parte que peor ha envejecido, la escena/videoclip del vampiro bailando con la hipnotizada novia de Charlie en una discoteca, amén del omnipresente uso del sintetizador y hasta un tema pop titulado igual que la película. Para la posteridad queda el personaje de Ed, el rata, alivio cómico de la película cuyo actor, Stephen Geoffreys, rechazaría aparecer en una secuela menor y se dedicaría después al porno gay bajo pseudónimo, aunque no ha dudado en formar parte de las reuniones del reparto de Noche de miedo gracias al estatus de culto que conseguiría la cinta años más tarde. No en vano su director, Tom Holland, sería poco después el responsable de El muñeco diabólico (Child’s Play, 1988), además de haber sido guionista de la estupenda e infravalorada Psicosis II: El regreso de Norman(Psycho II, Richard Franklin, 1983). Aunando cine clásico de monstruos y comedia, Noche de miedo, con su plano inicial de la luna llena y un aullido, forma parte de un programa doble perfecto junto a La noche de Halloween para disfrutar mientras uno se atiborra de dulces.

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LA NOCHE DEL BAILE DE MEDIANOCHE (The Midnight Hour, Jack Bender, 1985)
por Pedro José Tena (autor del libro Demons: La pesadilla retorna)

La selección que este puñado de adictos al terror hemos hecho para este especial está muy marcada por la nostalgia, que es algo que no tiene que ser necesariamente negativo si se administra en las dosis correctas y no nos nubla la razón. Pero no es mi caso con la película que he seleccionado para esta maratón de Halloween: aunque La noche del baile de medianoche pertenece a la misma década que las demás, es imposible que me evoque ningún recuerdo de la niñez porque hasta hace escasamente dos o tres años no había reparado en su existencia, casi por casualidad, en una de esas excursiones virtuales que de tanto en tanto realizo por el catálogo de Filmin en busca de títulos que me apetezca descubrir o recuperar. Por lo tanto, no hay ninguna carga sentimental ni añoranza de una vida más fácil que motive esta recomendación, y si lo hago es, simple y llanamente, porque La noche del baile de medianoche es una película ideal para el concepto que tengo de la fiesta de las calabazas: un evento puramente lúdico que resulta perfecto para hacer el tonto, dar sustos, recibirlos y glorificar la imaginería creepy como fenómeno pop y catarsis colectiva.

The Midnight Hour —título con el que se emitió originalmente en la televisión norteamericana el 1 de noviembre de 1985— captura esa esencia tan bien que se erige, a mi entender, como una de las películas de Halloween definitivas gracias a su descaro, su desparpajo, su amor por los monstruos de todo tipo y su sanísima voluntad de ofrecer un mejunje apto para casi todos los públicos —no olvidemos su origen de telefilm—, excepto para los que se tomen el terror tan en serio que no consigan conectar con una propuesta tan extravagante y naíf.

Dirigida por Jack Bender —quien años después dirigiría la irregular Muñeco diabólico 3 (Child’s Play 3, 1991), quizá el capítulo más flojo de la franquicia Chucky—, La noche del baile de medianoche presenta a un grupo de jóvenes de instituto que accidentalmente, tras leer a modo de broma un conjuro en el cementerio, despiertan a los muertos. Entre estos está una bruja que fue ajusticiada siglos atrás y que ahora buscará venganza. Dicho así parece que las cosas pueden ponerse serias, pero nada más lejos de la realidad: todo desemboca en una fiesta de Halloween donde convergen vampiros, un hombre lobo, zombis o una fantasma enamoradiza que representa el espíritu de los 50, la década que era para la gente de los 80 lo mismo que los 80 son ahora para nosotros. Así que al final resulta que sí es una recomendación marcada por la nostalgia, aunque no sea la mía… No puedo marcharme sin hacer mención a la banda sonora, donde encontramos canciones de Wilson Pickett, Creedence Clearwater Revival, Bobby Vee, The Smiths o Del Shannon. Pero si algún tema musical destaca entre todos ese es, sin duda, “Get Dead”. Compuesta expresamente para el telefilm e interpretado por una de las protagonistas, Shari Belafonte-Harper, la canción marca el ritmo de una secuencia que supone realmente un videoclip insertado en mitad del metraje y que deja bien claro que la fuente de inspiración para La noche del baile de medianoche no fue otra cosa que el videoclip Thriller de Michael Jackson, dirigido por John Landis y estrenado dos años antes. Recuperando el famoso tagline de Phantasma (Phantasm, Don Coscarelli, 1979) y cambiando una palabra del mismo, solo me queda por añadir sobre La noche del baile de medianoche que «si esta película no le divierte, es que está usted muerto».

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EL TERROR LLAMA A SU PUERTA (Night of the Creeps, Fred Dekker, 1986)
por José Mellinas (autor del libro Freddymanía: Las crónicas de Elm Street)

Una de las experiencias más enriquecedoras y tremendamente divertidas de los años ochenta. Quince minutos necesita El terror llama a su puerta para presentar todos los ingredientes del cóctel: alienígenas, zombies, psicópatas armados con un hacha y adolescentes con las feromonas alteradas. En este margen de tiempo hemos saltado de 1959 a 1986, del blanco y negro al color y del universo alienígena al terrestre. La ciencia ficción ha abrazado al slasher adolescente, y como cantaba Frank Sinatra, lo mejor está por llegar.

Poca presentación necesita el enérgico debut en la dirección de Fred Dekker, que por aquel entonces solo había escrito la historia de House, una casa alucinante (House, Steve Miner, 1986) para Sean S. Cunnigham y Steve Miner. Si bien el futuro no le deparó un gran número de trabajos detrás de la cámara —solo Una pandilla alucinante (The Monster Squad, 1987), el capítulo The Thing from the Grave (1990) de Cuentos de la Cripta (Tales from the Crypt, 1986-1996) y RoboCop 3 (1993)— El terror llama a su puerta serviría para, entre otras cosas, dar a conocer su apego por el fantástico en la era Fangoria. No es baladí que los apellidos de algunos personajes remitan a leyendas del género como George A. Romero, John Carpenter, David Cronenberg, John Landis o Sam Raimi (hasta la universidad donde se desarrolla la acción toma prestado el nombre de Roger Corman). O que Dick Miller recupere, de forma breve, al Walter Paisley de los films de Joe Dante. La serie B nunca conoció mejor homenaje que éste.

Otro de los tantos aciertos de la película radica en la presencia del icónico Tom Atkins, héroe principal en obras tan significativas como Halloween III: El día de la bruja (Halloween III: Season of the Witch, Tommy Lee Wallace, 1983) o La niebla (The Fog, John Carpenter, 1980). Aquí materializa a Ray Cameron, un detective pasado de vueltas a quien Dekker reserva las mejores frases («Thrill me!»). No menos importancia merecen los efectos especiales de David B. Miller, Robert Kurtzman y Howard Berger, tres leyendas de la artesanía cuya galería de cabezas reventadas, esqueletos andantes y babosas a toda velocidad han prevalecido en el imaginario colectivo. Al contrario que muchas producciones similares, El terror llama a su puerta sigue siendo tan asombrosa como hace treinta años. Mucha culpa la tiene su espíritu festivo y autoconsciente, ese que muchas veces echamos de menos en el cine actual

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3 HISTORIAS PARA NO DORMIR (Deadtime Stories, Jeffrey Delman, 1986)
por Sergio Colmenar (autor del libro Hellraiser: Mitología del lamento)

Quien no se quiera arriesgar a atragantarse o dormirse con una maratón de cine de terror en la noche de Halloween, sabe que una buena alternativa, además de altamente divertida, es el recurso de las antologías que nos ofrecen varias historias por el precio (y duración) de una. Para no recurrir a las mismas de siempre, los clásicos de la fórmula, las que todo dios te va a recomendar si preguntas por algunas, yo recomiendo la sanota y demencial Deadtime Stories, conocida también por otros títulos, aunque ninguno de ellos, ni el acuñado para su distribución en el video doméstico en España (3 historias de miedo para no dormir) fue el que yo conocí cuando la pesqué por casualidad una madrugada en televisión (A3) allá en los 90: Cuentos de miedo flipantes. Sin duda, el mejor y el más atinado de todos ellos.

Y me encantó, dentro de su autoirónica simpleza y creo también que autoasumida subnormalidad. Viene a subvertir, o mejor dicho, pervertir algunos cuentos de hadas milenarios como Ricitos de oro y los tres osos o Caperucita roja e inventarse algún otro, con una economía de medios bajo mínimos y logrando, sin embargo, un cabal equilibrio entre la artesanía fina (muy eficaces FX del maestro Ed French, con algunas transformaciones monstruosas sorprendentes) y la dejadez delante y detrás de las cámaras, que llegados a un punto en la delirante naturaleza de la narración ya te da igual. Veamos qué encontramos en este encantador desecho putrefacto en sketches:

El tío Mike tiene un humor de perros, solo quiere sentarse en el sofá, beber cerveza y contemplar a las mises desnudas en un programa de televisión mientras hace de canguro de su sobrino Brian. Para ello, tendrá que lograr que éste concilie el sueño contándole algunas historias que resumo a continuación.

Peter y las brujas: Para ir abriendo boca, no está nada mal, y es probablemente el sketch más pegajoso y grotesco de los tres que narra el tío Mike. Dos brujas hermanas en busca del ritual con sacrificios perfecto a costa de los trabajos del joven pescador vagabundo que tienen esclavizado. Una pequeña fiesta de desmembramientos, transformaciones brujeriles, ambientación sórdida y humor no menos sórdido (ese párroco viejales del pueblo que busca vírgenes y se cree la hostia de atractivo). Ya vemos lo tonto que es todo. Pero tonto no quiere decir inocente. Así que, ojo, que vienen curvitas.

Caperucita roja:Lo más parecido a eyacular sobre la cara de Perrault y tirarlo por un barranco. El más interesante de todos. Asocia la drogadicción con la licantropía de forma ingeniosa y muy divertida. Aquí Caperucita es una joven que fantasea con perder la virginidad a manos de alguien que no sea el pobre calzonazos de su novio. Mientras tanto, el lobo es en realidad un licántropo que ha visto cómo las pastillas que le impiden transformarse en las noches de luna llena han acabado en manos de Caperucita por una confusión en la farmacia. Hay que destacar que los maquillajes del hombre lobo son cojonudos, y que Caperucita está para comérsela, mucho mejor de lo que lo hace su novio.

Goldi Lox y los tres osos: El más salvaje, sangriento, abiertamente paródico y con mayor humor negro de los tres fragmentos. Ricitos de oro es una psicópata con poderes psíquicos que colecciona cadáveres y habla con ellos al estilo Jeffrey Dahmer. Los tres osos son una familia de paletos criminales fugados de la justicia. La historia se vuelve cada vez más y más idiota, pero hace que el conjunto tenga ese aroma grotesco y enfermo ya asentado como prometía la premisa. Por último, el núcleo de las tres historias, con el tío Mike y su sobrino Brian, concluye de forma graciosa. Después de tanto dar la brasa con que su tío le cuente historias para dormirse, y exigir que estas sean fuertes, le acaba visitando un monstruo asqueroso y súper raro. Si todavía no conocías esta simpática y peculiar antología, y amas pasar las noches de Halloween en busca de carnaza fresca e ignota de videoclub, te agradará descubrirla.

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KILLER KLOWNS (KLOWNS ASESINOS) (Killer Klowns from Outer Space, Stephen Chiodo, 1988)
por Álvaro Ruiz de Gauna (autor del libro Me tragaré tu alma: La historia de la saga Evil Dead)

Tras la Segunda Guerra Mundial, los autocines estadounidenses se colmaron de un sinfín de películas que, con una clara intención lúdica, pero a la vez poseedoras de un aura inquietante, advertían al público de los peligros derivados de la era atómica con sus gigantescas y horripilantes mutaciones, y en especial, con todo aquello que proviniera del espacio exterior mostrando hostilidad hacia nuestro planeta. La Tierra, reducida a una pequeña ciudad del Medio Oeste norteamericano o ubicada en algún pueblecito de la soleada California, era el blanco de constantes invasiones por parte de las tropas soviéticas, transfiguradas eso sí, en toda una diversidad de amenazas que iban más allá de los clásicos platillos volantes y hombrecitos verdes, ya fueran vainas gigantes, monolitos monstruosos o masas devoradoras.

Con el fin de la década de los cincuenta, estas divertidas y baratas películas se convirtieron en un producto trasnochado, y no sería hasta los años ochenta, con el vídeo en pleno auge, cuando el cine de serie B recuperase el esplendor perdido. De entre los miles de filmes de género que vieron la luz en aquellos años, cintas como Invasores de Marte (Invaders from Mars, Tobe Hooper, 1986) o El terror no tiene forma (The Blob, Chuck Russell, 1988), fueron concebidas para homenajear en forma de remake a clásicos estrenados durante la época dorada del fenómeno. Sin embargo, si hay una película que aun bebiendo del cine por el que apostaban los drive-in décadas atrás se muestra como un producto rabiosamente original y extravagante, es sin duda Killer Klowns From Outer Space, conocida también por estos lares como Klowns asesinos o Payasos asesinos del espacio exterior.

Killer Klowns ofrece una premisa argumental tan disparatada como bizarra: un ejército de monstruosos payasos alienígenas llega a la localidad de Crescent Cove a bordo de un platillo volante con forma de carpa de circo, decididos a secuestrar a sus habitantes, transformarlos en enormes capullos de algodón de azúcar y utilizarlos como alimento… casi nada. Los hermanos Chiodo, responsables de las marionetas y efectos especiales en películas como Critters (Stephen Herek, 1986), se repartieron las labores de escritura, producción y dirección para traer a la vida a unos peculiares extraterrestres con un diseño tan terrorífico como fascinante. Los mortales procedimientos de estos Klowns para abastecer de víctimas su despensa resultan de lo más circenses: pistolas siderales que disparan palomitas, sabuesos rastreadores confeccionados con globitos, tartazos propinados con pasteles rellenos de ácido… toda una infinidad de métodos para dar caza a los humanos en tan atípico y despendolado filme. Y es que la obra de los Chiodo desprende aroma a parque de atracciones de principio a fin; su luminosidad, a pesar de que la historia transcurre siempre de noche, con esos colorines recargados, una peculiar banda sonora que encaja como un guante y el diseño de sus decorados, en especial el de los interiores de la nave de los payasos, con una estética a lo «túnel de la risa», son elementos que confieren a Killer Klowns el galardón de película de culto, una rara avis como solo podía concebirse en la cultura ochentera.Los payasos asesinos del espacio exterior resultan una propuesta diferente e interesante para una noche como la de Halloween, una cinta terrorífica, divertida y un tanto gamberra, ideal para disfrutarla en compañía y bien surtido de cerveza, chuches, y sobre todo de un buen bol de palomitas.

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WAXWORK: MUSEO DE CERA (Waxwork, Anthony Hickox, 1989)
por Octavio López Sanjuán (autor de los libros Noches de Halloween: La saga de Michael Myers, ¡Está vivo! La saga mutante de Larry Cohen y Critters: Devoradores del espacio exterior)

Una curiosa producción que tiene como protagonista un siniestro museo de figuras de cera regentado por un arisco individuo con las facciones de David Warner. En su interior, se muestran reconstrucciones de los momentos más emblemáticos de la historia del terror, desde el marqués de Sade hasta zombies antropófagos, pasando por hombres—lobo, vampiros, el fantasma de la Ópera o el monstruo de Frankenstein. En realidad, es una trampa mortal para aquellos que se adentren en su interior, pues serán partícipes directos de esas escenas con el objetivo de desencadenar el fin del mundo cuando se alcance el número adecuado de sacrificios. Una premisa, la de mostrar los grandes íconos del terror como detonantes del apocalipsis, que se adelantó décadas a la divertidísima La cabaña en el bosque (The Cabin in the Woods, Drew Goddard, 2012) y que funciona, de cierta manera, casi como una película episódica de la naturaleza de Creepshow (George A. Romero, 1982). Y, como les sucedía a estas producciones, Waxwork conserva sus mismos defectos y virtudes, como por ejemplo que algunos pasajes estén mejor resueltos que otros. O que algunas soluciones visuales —como esa silla con deslucidos alerones del personaje de Patrick Macnee— hayan quedado un tanto obsoletas.

En cualquier caso, sus desmadres grotescos, su acumulación de rostros memorables del fantástico y algún personaje sorprendente —como la tímida pero libidinosa y chispeante Sarah, interpretada por Deborah Foreman— acompañan a un Zack Galligan post-Gremlins en una propuesta encantadora y permisiva, toda una carta de amor del director Anthony Hickox a ese mundo de pesadillas terrorífico y fascinante y un cóctel perfecto para noches oscuras donde sobrevuela el espíritu de Samhain y el final de la cosecha. Y si uno se queda con ganas de más, puede acudir a su segunda parte, Waxwork: El misterio de los agujeros negros (Waxwork II: Lost in Time, Anthony Hickox, 1992).

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