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(Aviso al lector: este texto revela momentos clave de la trama de Halloween Ends)

En 1944, el simpar productor-autor Val Lewton dio una lección que, por desgracia, prácticamente nadie ha querido seguir en el mundo del cine: si, por las circunstancias que sean, te pones a hacer una secuela extemporánea de tu gran éxito cinematográfico (expresado en otras palabras: si te pones a alargar artificialmente una narración a la que pusiste un modélico punto final), aprovecha, entonces, para abrazar la libertad absoluta, no casarte con nadie y hacer lo que te venga en gana. Al menos, inténtalo.

En efecto, la continuación de la formidable La mujer pantera (Cat People, Jacques Tourneur, 1942), que se titulaba La venganza de la mujer pantera (la «maldición» en el título original, The Curse of Cat People), y estaba dirigida por Robert Wise y Gunther von Fritsch, poca o casi ninguna relación guardaba con su predecesora. Volvían a la pantalla los supervivientes de la primera, la pareja formada por Alice y Oliver, que ahora llevan casados varios años y han tenido una hija, Amy, una niña no muy sociable pero sí bastante dada a la fantasía. ¿E Irena Dubrovna, la joven que se transformaba en pantera? Pues un espíritu (o una simple ensoñación: no está definido a propósito) que solo se le aparece a la pequeña. ¿Y el terror? Algo escaso, porque se apostaba por la fantasía y el thriller psicológico. Poca conexión más había con la original, aparte de que repetían sus tres intérpretes adultos (Jane Randolf, Kent Smith y la felina Simone Simon), y de que los jefazos de la RKO, mosqueados ante el resultado inicial, instaron a que, antes de estrenar, se incluyeran ciertos escenas para contentar a los espectadores, ya que no se veía una pantera por ningún lado. Por ejemplo, al principio del filme, ¡se añadió la imagen de un gato negro bufaba en la rama de un árbol a un escolar! Ese era la clase de apaño que impusieron los mandamases del estudio.

Al final, una película que no tenía ningún sentido como continuación, y que interesó a pocos cuando se estrenó, que quedó en el imaginario de muchos espectadores como ejemplo de secuela con apenas conexión con la original, se revalorizó con los años y hoy se considera una pequeña joya. Varios críticos y cineastas han puesto de relieve la notabilísima resolución de Lewton y su equipo a la hora de plantear una historia fantasmal muy próxima al universo de los cuentos de hadas, y condimentada con no pocos apuntes psicológicos. La venganza de la mujer pantera, en la que, además, el productor incluyó elementos autobiográficos, es un ejemplo sorprendente de análisis de la infancia y el tránsito hacia la adolescencia, tal y como podemos leer en el comentario que hace del filme Diego Salgado en el libro colectivo publicado por Applehead Team Lo que nunca volverá: La infancia en el cine.

A Lewton y compañía no les interesaban ya los hechos relatados en La mujer pantera; estaban hablándonos de otras cuestiones, pero, como tenían que traer de vuelta a Irina a la fuerza, la solución pasaba por que las referencias a la primera historia quedaran muy lejos, casi difuminadas, prácticamente olvidadas. Justo lo contrario a lo que debe de indicar el manual sobre cómo hacer una secuela, o una serie de secuelas, que parecen haberse leído todos los directores y productores que forman parte de la industria. Regresad al origen, manoseadlo, volvedlo a manosear, trituradlo hasta el infinito y más allá.

Al igual que La mujer pantera, La noche de Halloween es otra película con un poder singular e inimitable de fascinación. También, por desgracia, una de esas que ha sufrido con mayor ahínco un contumaz empeño de alargar y alargar a posteriori su historia, en su caso volviendo cada vez más absurdas las andanzas sangrientas de Michael Myers, resucitando al personaje sin sentido, retomándolo sin tener en cuenta episodios anteriores, reiniciando el relato o haciendo una nueva versión del mismo… Ya no solo se ha maltratado su figura, sino, lo que resulta peor, se ha obviado siempre la conclusión del slasher fundacional dirigido por John Carpenter, su sentido. El filme iba sobre una extraña colisión entre la realidad y los cuentos concebidos para asustar a jóvenes y niños; sobre cómo se forjan las habladurías y los terrores colectivos, en este caso, el nacimiento del hombre del saco, que de monstruo de una trama de miedo psicosexual se convertía en mito urbano. Su final era su principio en otro plano: en el inmaterial y colectivo del universo ficcional de Haddonfield, la localidad donde transcurrían los hechos contados por Carpenter. Y punto. El problema (y la pesadilla auténtica) empezó, sin embargo, cuando los productores, con el aplauso de muchos espectadores, obligaron a Michael a que continuara viviendo igualmente en el celuloide, una, dos, tres, cuatro, cinco… innumerables veces más. Lo que suponía un viaje del monstruo a la fantasía popular de un mundo de ficción, tal y como cabe interpretar la última secuencia de La noche de Halloween, se reinterpretaba como resurrección y carta blanca para el jolgorio verbenero a base de cuchilladas sin fin. De leyenda a fantoche.

Y así estamos desde entonces. Nada mejor que leer Noches de Halloween, el extenso volumen firmado por Octavio López Sanjuán, para repasar la saga o como quiera llamarse, un franquicia que supera la decena de títulos y ha tenido su última manifestación en la trilogía que ha dirigido y coescrito David Gordon Green, con la coartada de, según decía, recuperar las esencias perdidas, aunque haya acabado filmando más de lo mismo y demostrado por enésima vez que dichas esencias se perdieron sin remedio en cuanto se decidió hace varias décadas rodar la primera secuela, Sanguinario: Halloween II (1981).

Aunque La noche de Halloween (2018), Halloween Kills (2021) y Halloween Ends (2020), hayan hecho taquilla y hayan propiciado mucho bla-bla-bla, no han generado en general gran entusiasmo y sí, en el caso de la última entrega, bastante rechazo. Ahora bien, quizás lo que realmente enerva de la tercera parte no es su poca entidad y el sonrojo que provoca, sino que Gordon Green echa estrepitosamente por la borda el único intento de marcarse una operación a lo Val Lewton en toda regla al que posiblemente hemos asistido en todos estos años en esta y en cualquier otra franquicia comercial de terror: es decir, arriesgarse con una secuela que va por libre e intenta dejar atrás lo visto antes.

Halloween Ends podría haber sido una magnífica película, un nuevo «ponerse la industria por montera», como en su día fue La venganza de la mujer pantera. No resulta difícil apreciar que esa parecía la intención del cineasta: el universo Halloween como excusa para contar, por fin, una historia propia; retomar solo cuatro elementos mínimos de la saga y lanzarse sin red de seguridad, a despecho de lo que digan los productores y ciertos espectadores miopes. El impulso se nota durante el prólogo y la primera hora, donde se nos cuenta cómo y por qué va a nacer un nuevo matarife, esta vez  Corey, un joven que se saca unas perras trabajando de canguro y quien todo se le tuerce en la vida una trágica noche de Halloween. Y hay más ideas brillantes en el planteamiento inicial, como la de imaginar a un Michael Myers viejo y rodeado de mugre y telarañas  que sobrevive en una oscura alcantarilla. ¿Es una entidad maligna que no pertenece a la realidad corpórea? ¿O reside solo en la imaginación del desgraciado joven? Aquí el nexo de unión con La venganza de la mujer pantera se revela poderosamente: la marginada Amy se hacía amiga del espíritu que vivía en el jardín de casa (Irina), mientras que el marginado Corey, que está aproximándose peligrosamente a la oscuridad, se hace amigo de un fantasma (Michael), en este caso sin lugar a dudas malévolo.

Pero cualquier ilusión se derrumba como un castillo de naipes durante la secuencia en que Corey entra en la alcantarilla, ¡y se pone a pelear con el terrible psicópata enmascarado, que vale, resulta que es real, que está muy pocho y malvive en ese agujero por que sí! A partir de ese punto, el largometraje se precipita por el despeñadero, malbaratando en pocos minutos los logros iniciales, acumulando momentos ridículos (Corey y Michael como socios matarifes) y dando entrada a lo que Gordon Green pretendía evitar: la mecánica sucesión de asesinatos y el enfrentamiento entre Michael Myers y Laurie Strode, un personaje escrito de manera muy deficiente y cuyas vicisitudes importan ya bien poco. Strode, la superviviente también original, pasa de ser secundario a protagonista a veinte minutos del final, previo a una conclusión abrupta y sin sentido de la trama de Corey. La lógica industrial se impone aun a costa de bajar a niveles propios de Halloween: La Maldición de Michael Myers (Halloween 6) (1995) o Halloween: Resurrection (2002).

Ya sea porque a Gordon Green le hayan temblado las piernas en el último momento, o porque, en el fondo, solo le interesaba el cheque, lo que se demuestra es que Myers estaba muy bien donde estaba en el epílogo de La noche de Halloween original y que nunca debieron sacarlo de ahí. Invisible, se había instalado en esos espacios sin gente en los que había cometido su masacre, en una sucesión de planos estáticos con los que, repasando varios lugares de Haddonfield, se certificaba que el monstruo pasaba a formar parte de las pesadillas de los ciudadanos y se escondía para siempre detrás de unas sombras amenazadoras.

Productores, directores y guionistas del presente y del futuro, por favor, no traigan de vuelta nunca más a Michael Myers. Dejen que se marche de una maldita vez.

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