Posiblemente haya consenso por parte de los cinéfilos en señalar a Martin Scorsese como el cineasta entre los supervivientes del Nuevo Hollywood, aquella generación de jóvenes que revolucionaron el cine estadounidense durante los años setenta, que no solo está en activo de la mejor de las maneras posibles, sino que, pese a los altibajos, ha sabido mantener siempre un nivel óptimo durante una trayectoria de más de medio siglo. Incluso por encima de Steven Spielberg, quien no siempre ha sido visto con buenos ojos; y seguramente por encima de Francis Ford Coppola y Brian De Palma, que llevan ya fuera de juego demasiado tiempo. Sin embargo, es de justicia no olvidar la figura del guionista y director Paul Schrader, que si bien cuenta con una impetuosa filmografía donde encontramos varios desaciertos y parones, asimismo puede exhibir con orgullo que a) los aciertos no son pocos ni se concentran en un único periodo concreto; y b) precisamente en la actualidad, para disfrute de todos, se encuentra en sorprendente plena forma. La fabulosa última resurrección de Schrader, ejerciendo una maestría que a muchos nos devuelve la ilusión de que cierta manera de entender cierto cine aún es posible, comenzó con El reverendo (2017) y parece continuar con sus trabajos posteriores. He aquí un recorrido básico por su filmografía, con siete etapas imprescindibles que sirven para retratar a quien, poco a poco, se ha ganado que lo consideremos uno de los mejores.
Hardcore (1979)
Su segunda película como director, tras haber conseguido un alto reconocimiento por el guion de Taxi Driver, contaba también la inmersión en un submundo urbano, en este caso el de la industria del cine X, un recorrido que llegaba hasta los rincones más oscuros del mismo. La protagonizaba un George C. Scott en plan, según palabras de la crítica Pauline Kael, un «John Wayne calvinista». De hecho, en esta historia de un padre de fuertes convicciones religiosas que emprendía la misión de rescate de una hija perdida en la malvada California se podían establecer ciertas concomitancias con la biografía del mismo Schrader, el joven criado en una estricta fe religiosa que aterrizó nada más y nada menos que en la Meca del Cine. Lo mejor de la cinta eran los fantásticos y enjundiosos diálogos entre el rectísimo padre de familia y la actriz porno que se convierte en su insospechada escudero (una magnífica Season Hubley).
El beso de la pantera (1982)
¿Cómo plantearse el remake de uno de los clásicos del género de terror más subyugantes de todos los tiempos? Para rehacer de La mujer pantera (1942) la cuestión consistía en encontrar la manera de gestionar un monumento fílmico que llevaba hasta su máxima expresión la atmósfera, la elipsis y el fuera de campo; en otras palabras, un magistral «casi-hemos-visto-pero-nos-acabamos-creyendo-que-efectivamente-hemos-visto». La respuesta de Schrader es hacer todo lo contrario, una versión según los usos estéticos ochenteros y explicitar al máximo la carga erótica y violenta que sugería el largometraje original. Una jugada completamente diferente (el pleno empleo de los códigos opuestos) que, en realidad, le salió bastante bien.
Mishima, una vida en cuatro capítulos (1985)
Por primera vez en la carrera del cineasta, toda la crítica se rindió ante una película suya. Esta monumental y muy peculiar recreación de la vida y obra (o algo así) del célebre escritor nacionalista japonés Yukio Mishima es un artefacto fílmico dividido en cuatro partes donde se adaptan tres historias del autor junto con varios momentos decisivos de su biografía, incluido su suicidio. El arte como imitación de la vida y también el proceso contrario. Producían Francis Coppola y George Lucas.
Posibilidad de escape (1992)
Con este filme empieza su fructífera colaboración con Willem Dafoe (han trabajado juntos hasta el momento en siete ocasiones), a quien conoció en el rodaje de un largometraje escrito por Schrader, La última tentación de Cristo de Scorsese (1988). En Posibilidad de escape, la historia de un exdrogadicto que ejerce de camello y cuenta con una clientela muy selecta, retomaba con ciertos aires noir la figura masculina noctívaga que se enfrenta a la frustración, los dilemas morales y a una siempre complicada búsqueda de la esperanza. Excelente.
Aflicción (1997)
Un poco la versión sombría de Fargo y Un plan perfecto. Sheriff que investiga en parajes nevados, crímenes en localidades remotas y aparentemente tranquilas, historias de abusos familiares, conspiraciones que envuelven a los personajes… Nick Nolte fue desde el principio la elección del director para interpretar al protagonista, aunque pasaron cinco años hasta que pudo rodarse la película, debido a las obligaciones contractuales del actor con otros proyectos, pero también porque no se sentía aún preparado. Tan larga «preparación» mereció la pena: su trabajo interpretativo es imponente.
Forever Mine (1998)
Entre los varios títulos de su filmografía que, cada cierto tiempo, han sido reconocidos por crítica y público durante las cuatro últimas décadas, encontramos una serie de producciones que han ido cayendo enseguida en el olvido; algunas, además, entran plenamente en la serie B (tirando a Z), cuando no en la explotación más inopinada, véanse las protagonizadas por Nicolas Cage. Con algunas parece normal que suceda esto, pero no debería suceder así con otras, y Forever Mine es una de ella. Mezcla de melodrama y cine negro hollywoodiense de corte clásico, este largometraje no representa otra cosa (y no es poco) que la recuperación de las gozosas sensaciones cinéfilas que seguramente experimentó el joven Schrader que fue por primera vez al cine con dieciocho años.
El contador de cartas (2021)
Entramos en el tercer decenio del siglo XXI y el director y guionista de American Gigolo está, como hemos dicho, en plena forma. Y lo más fascinante de todo es que lo demuestra planteando nuevas variaciones, sin perder intensidad, de los mismos desvelos que han caracteriza su obra desde el principio: la redención y sus procesos, la aproximación ascética a las existencias atormentadas o el intento de recuperación de la pureza dentro de un mundo regido por la violencia y la deshumanización. Con un magnífico Oscar Isaac en la piel de extraño jugador de cartas que intenta esconder un pasado que se adivina bastante turbio. Su vida fantasmal se ve perturbada cuando dicho pasado vuelve y este hombre se ve en la tesitura de intentar evitar un proyecto de venganza que, aunque lo organice otra persona, no le es ajeno…

