Con el fallecimiento de Eugenio Martin (1925-2023), decimos adiós a una figura muy destacada del cine español de los años sesenta y setenta. El director de Pánico en el Transiberiano llegó al nivel más alto que un cineasta de la época podía alcanzar si se situaba en los parámetros que permitía la industria. Como referencia del mejor cine popular, su periodo de formación cobró impulso al entrar a trabajar en producciones extranjeras asentadas en suelo español, llegando a ser ayudante de dirección, y pronto se convirtió en un profesional lo suficientemente competente como para firmar coproducciones o, también, cintas nacionales pensadas para mayor gloria de artistas de la canción como Rocío Durcal, Julio Iglesias o Lola Flores. Lo importante es que siempre procuró dejar una huella personal en cada género que practicó.
Martín nació en Ceuta y con la guerra civil española, su familia se trasladó a Granada. En esa ciudad nació su amor por el cine y fundó allí el cineclub universitario de la localidad. Tras realizar una serie de documentales (como Viaje romántico a Granada) en la década de los cincuenta, y trabajar en películas estadounidenses, alemanas e italianas, debutó en la dirección en 1961 con dos películas: Los corsarios del Caribe, una coproducción con el país de la bota, y la comedia Despedida de soltero. A partir de ahí dio comienzo una carrera en la que sumó veintitrés largometrajes y dos series de televisión.
Alternó géneros como el cine de aventuras (Duelo en el amazonas, La muerte se llama Miriam), el wéstern (El hombre de Río Malo, El desafío de Pancho Villa), el musical (Las Leandras, La vida sigue igual, La señora estupenda), el thriller (La última señora Anderson), el cine de terror (Aquella casa en las afueras, Sobrenatural) y la comedia (Esclava te doy…), estando en activo hasta mitad de los ochenta, aunque hizo un breve regreso diez años después con el que fue su último trabajo, La sal de la vida (1996). Ahora bien, hay que destacar sobre todo tres cintas de su trayectoria, referencias ineludibles para muchos aficionados del cine de género mundial: dos de terror, Pánico en el Transiberiano (1972) y Una vela para el diablo (1973); y el fabuloso wéstern El precio de un hombre. Applehead Team quiere recordarlas como homenaje a Eugenio Martín.
El precio de un hombre (1966)
¿Una del Oeste o un noir dentro de los límites de un rancho perdido y polvoriento? Da igual, lo importante es que su trama sucinta y concisa, su historia con un bandido que parece majo pero no lo es tanto, y a quien persigue un esforzado bounty killer, convierten la película posiblemente en el mejor wéstern dirigido por un realizador español.
Pánico en el Transiberiano (1972)
De nuevo una serie de personajes encerrados y en peligro, aunque en esta ocasión la acción transcurre en el interior del celebérrimo tren que cubre el trayecto entre Shanghái y Moscú. Además, la amenaza resulta que no es enteramente humana… Un filme de culto protagonizado por Cristopher Lee y Peter Cusing, quizás el más conocido (si no contamos Doctor Terror) de la mítica pareja fuera de la Hammer.
Una vela para el diablo (1973)
La España rural, años sesenta. Aurora Bautista y Esperanza Roy interpretan a dos hermanas que han sido educadas en la represiva moral católica y regentan el pequeño hotel de un pueblo. ¿Qué vienen los turistas extranjeros a mostrar sus comportamientos indecentes? Ahí están ellas para poner remedio a la situación, sea como sea. Todo por salvaguardar la moral.

