La llegada a las pantallas en 2013 de El viento se levanta fue un acontecimiento, como cualquier estreno de una película de Hayao Miyazaki. En ese caso aún más si cabe, porque, según declaraba el maestro japonés de la animación, se trataba del largometraje con el que pensaba jubilarse, si bien se desdijo tiempo después: en primer lugar realizó el cortometraje Boro the Caterpillar (2018), y después El chico y la garza (2023). Quien fue a ver el por entonces testamento artístico del venerado cineasta, la reelaboración ficticia de un periodo de la vida Jirō Horikoshi, el ingeniero aeronáutico que proyectó entre otros aviones el archifamoso caza nipón Mitsubishi A6M «Zero» de la Segunda Guerra Mundial, pudo disfrutar nuevamente de los inmensos placeres que proporciona la excelencia de la animación que ha caracterizado siempre al autor de Mi vecino Totoro y tantas otras joyas. Ejemplos de ese magnífico buen hacer, único e irrepetible, eran la prodigiosa capacidad con animar el viento que sopla sin cesar (y, a menudo, azota a los protagonistas) en casi todos los planos, o la manera tan particular de dotar de una corporeidad propia de seres vivos a las máquinas. Y digno de recordarse era cómo se entremezclaban las ensoñaciones del protagonista con su vida real en un mismo plano. Eso y más tenía El viento se levanta. La cuestión es que también guardaba varias sorpresas desagradables, de esas que no se olvidan. Y precisamente era el conflicto de Miyazaki con la memoria el principal problema.
El cineasta declaró en una entrevista que le suscitaba sentimientos muy encontrados la admiración que siente por la figura de Horikoshi, un mago de la ingeniería que… hizo terribles máquinas de matar durante los años de la locura militarista japonesa. En realidad, dichos sentimientos no constituyen ningún inconveniente; es más, abren la puerta a plantearse reflexiones sobre cómo gestionar la culpa, ya sea individual (el biografiado) o colectiva (Japón). Pero sí se convierte en algo problemático cuando se aborda de una manera tan tramposa, insuficiente y, por qué no decirlo, cobarde. Teniendo conocimiento (los historiadores, el cineasta y el público) de las víctimas que se cobró el «Zero», incluidos los esclavos chinos y coreanos que acabaron construyendo las unidades del avión, resulta insultante que el único momento en que prácticamente se afronta la cuestión, una de las secuencias oníricas, se resuelva con la pregunta que el ingegnere Caproni le plantea al protagonista para limpiar la conciencia de ambos y que guarda relación con aquellos grandes sueños de los artistas que pueden contener una maldición humanitaria: «¿Qué elegirías, un mundo con pirámides de Egipto u otro donde no existieran?». Y ya.
Es curioso que la aparatosísima Oppenheimer (2023), una crónica sobre uno de los más destacados participantes del proyecto Manhattan, que, en este caso tuvo precisamente como primera cabeza de turco a Japón, con más de cien mil víctimas mortales y un número superior de heridos, naciera también de un sentimiento ambivalente. A Christopher Nolan le fascina el físico estadounidense J. Robert Oppenheimer, ese Prometeo estadounidense que tenía la esperanza de alcanzar el conocimiento pleno de la física cuántica (algo bueno para la humanidad), pero también albergaba un sentimiento culpa por las consecuencias destructivas de la ciencia que alentó (se creó la posibilidad de la destrucción total). O al menos eso parece querer intentar contarnos el director, porque al llegar a la secuencia final, cuando se expone abiertamente del reconcomio del científico y se desvela qué habló con Einstein, uno se pregunta si para llegar ahí se necesitaba tanta complicación expositiva, tanto rodeo y embrollo. Tantísimos minutos para algo mucho más sencillo: mostrar una expresión de humanidad. No queda muy claro el arrepentimiento del personaje, pero al menos se ha intentado.
Volviendo al rechazo que genera El viento se levanta, tampoco ayuda nada la decisión de conjugar el relato del protagonista, consistente tanto en sus ansias visionarias como en sus dolores íntimos, con dos modelos narrativos un tanto sorprendentes. Importa menos que no se entienda mucho que Miyazaki se haya traído al mismísimo Hans Castorp, el protagonista de La montaña mágica, de Thomas Mann, para el segmento en que la cinta se transforma en una historia de balneario. ¿Solo para indicar que la cultura alemana no solo produjo el monstruo nazi? Quién sabe. Sería una argumentación muy pobretona. Sin embargo, el modo en que se zambulle un poco más tarde en el melodrama deja el peor de los sabores de boca. Atención, no es por el género en sí, sino por la vertiente elegida, muy siglo XIX y siguiendo los peores estereotipos viejunos de la amada enferma, prácticamente moribunda, y su sacrificio en aras de que el amado cumpla su sueño. La secuencia donde ella sale de la cama para doblar la ropa de un Horikoshi abstraído lo dice todo.
Entran ganas de ver El viento se levanta cada cierto tiempo con el objetivo de revisar lo que memoria construyó en 2013 y comprobar si las sensaciones se mantienen o si se desentrañan nuevas claves que modifiquen las consideraciones. Uno se pudo perder claves aquella vez, malinterpretar discursos o no haber estado especialmente fino como espectador ese día. En el caso de quien teclea estas líneas, todo sigue igual. Y es una pena.

