Por Pablo R. (Fei)
Nunca fui un niño muy normal. Ni un adulto, para qué negarlo.
No sé exactamente en qué momento se decidió aquello, pero sospecho que tenía alguna conexión con una zona del cerebro que los demás utilizaban para cosas prácticas como prestar atención en clase o memorizar las tablas de multiplicar y que yo, en cambio, había reservado para viajar a otros planetas, imaginar criaturas asquerosas, fantasear con mundos que no existían y hacerme preguntas absolutamente innecesarias sobre chorradas que nadie a mi alrededor parecía preguntarse.
Abducciones, conspiraciones, fantasmas, terror, zombis, vampiros… Estaba en otro planeta. Si algo recuerdo de aquella época, es mucha abstracción y evasión, viajar a través de esa fantasía a todas partes menos a donde debía estar.
Alguien estará pensando ahora que eso explica muchas cosas… Pues sí, pero qué le vamos a hacer. Ya no puedo hacer nada para cambiarlo. Y eso que mi madre me apuntó en actividades extraescolares de lo más convencional tratando de hacer de mí un niño de provecho. Hasta fui a catequesis y todo. Pero nada… o neno leva o demo no corpo. ¿Y yo por qué os estoy contado mi vida?
Ah, sí…
Entre esas cápsulas que todavía no cayeron al Abismo del Olvido, hay una muy especial en la que aparezco grabando en una cinta VHS una película que echaban en la tele sobre un extraterrestre con cara de culo que me parecía muy riquiño. Como no sabía el título de la peli, hice lo que haría cualquier investigador cinematográfico de prestigio con ocho o nueve años: escribí en la pegatina de la cinta la conclusión de mis pesquisas más audaces y la titulé: “Primo de E.T.”. Años después, descubrí que aquella criatura no era ningún primo de E.T., sino MAC, protagonista de Mi amigo Mac (Mac and Me, 1988), aquella especie de pariente bastardo, entrañable y sospechosamente parecido a la criatura de Spielberg.
Y pasaron muchos, muchos años (no tantos) y entonces llegó el GFFF (Galician Freaky Film Festival), y ese recuerdo, que se estaban volviendo gris en lo profundo de mi corazón, volvió a respirar, a iluminarse y a llenarse de color. Porque allí estaba Mac, en forma de llavero, esperándome en un stand de la Feira Freak, apéndice creativo y mercantil del GFFF.

Y, por supuesto, me lo llevé a casa.
Mac no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir allí. Aunque he de decir que estaba acompañado de otras criaturas maravillosas, como el hombre pez de la Laguna Negra, un extraterrestre de Mars Attacks, Leatherface o el mismísimo Dr. Muerte. Pero lo que tenía claro era que aquel pequeño engendro alienígena estaba destinado a encontrarse conmigo, después de tantos años, de tantas pelis, de tantas vidas. El universo conspiró para que se hiciese realidad… (lol). Treinta y tantos años después, aquel niño que había bautizado al alien caraculo como El primo de E.T., volvía a encontrarse con su amigo extraterrestre en Vigo.
Hay terapias mucho más caras.
De todos modos, pese a la particularidad de mis aficiones un tanto inusuales, aquí no estoy solo, amigos… Aquí estáis todos igual de jodidos que yo, porque todos lleváis un freak dentro. Puede que no todos tengáis un llavero de Mac en el bolsillo, una camiseta de una mosca antropomorfa fosforita o un VHS con títulos inventados, pero todos tenemos un cortocircuito freak en la cabeza que da chisporroteos de vez en cuando a través de una película, un muñeco, una canción, un cómic, una serie, una criatura, un monstruo o una historia que nos transporta inmediatamente a ese lugar en el tiempo en donde la fantasía se sentía de una forma muy intensa.
Y ahí es donde el GFFF hace algo especialmente bonito, porque nos devuelve esa ilusión, nos devuelve una parte de nosotros mismos que nos atrevimos a no olvidar. Y, además, pone estos recuerdos en común para que podamos vivir esa emoción renovada en compañía y entendamos que no estamos solos en esto. Que hay más como nosotros. Muchísimos más. Gente que se emociona viendo una criatura de látex escupir ketchup por la boca, que discute sobre cine de serie-B como si fuesen auténticas superproducciones de Hollywood, que se ríe con el derroche de testosterona de actores hormonados con la camiseta rota, y que entiende perfectamente por qué una película de hace cuarenta años puede seguir siendo importante. No es la película, es nuestra relación con ella.
En el punto de venta de merchandising del GFFF, dentro de la sala de control donde se dirige este aquelarre en super 8, me llevé otra sorpresa muy personal: encontré un stand de Applehead Team, la editorial que publicó Volviendo a Neverland.
Y eso hace especial ilusión.
Encontrarte de repente con libros de tu editorial, en tu ciudad, en medio de un festival loquísimo, rodeado de frikis con camisetas de películas antiguas, figuras de monstruos, cómics en las paredes, ilustraciones bizarras y objetos que parecen rescatados de alguna dimensión paralela, produce una sensación de cierto orgullo, he de reconocer. Es como si una pequeña parte de tu propia historia estuviera allí también formando parte de todo ese evento único. Aunque no tenían mi libro a la venta, los muy cabrones. Pero es normal… Al fin y al cabo, Michael Jackson no es tan freak (como digas lo contrario, te meto).

Pero si hubo alguien que convirtió esta décima edición del GFFF literalmente en una experiencia religiosa fue el invitado de honor de esta edición: Lloyd Kaufman.
“Pero, Fei, quién es ese!”. Pues la verdad es que, cuando era pequeño, yo tampoco sabía quién demonios era Lloyd Kaufman. Lo único que sabía con nueve años era que, cuando escuchaba a todas horas la cinta de cassette de uno de mis grupos favoritos en casa de mi abuela, la cantante decía en un estribillo: “I don’t like my country / Isn’t fun my city / I wanna live in Tromaville” (“No me gusta mi país / Mi ciudad no es divertida / Quiero vivir en Tromaville”).
Tromaville y esa canción de The Killer Barbies estaban directamente ligados al universo del Vengador Tóxico (The Toxic Avenger, 1984), pero yo no lo sabía. Realmente, no sabía nada de Tromaville. Pero el nombre me fascinaba.
Tromaville… ¿Dónde estaba? ¿Cómo era? ¿Qué clase de sitio podía ser? ¿Qué clase de habitantes vivirían allí? ¿Por qué querría alguien vivir en un lugar con un nombre que parecía una mezcla entre una ciudad norteamericana y una enfermedad tropical?
Durante bastante tiempo, Tromaville existió en mi cabeza como uno de esos refugios misteriosos que uno inventa de niño, y lo iba decorando con parafernalia punk, cómics de superhéroes, películas de terrror, y llenando de habitantes de otros planetas, femme fatales con poca ropa bailando en bares de carretera, zombies lentos de los que comen cerebros, vampiros sedientos de sangre… O sea, todo un paraíso.
Y cuando descubrí, años más tarde, lo que había realmente dentro de Tromaville, la verdad es que no iba tan desencaminado… Aquella ciudad no era precisamente Disneylandia, ni en mi fantasía ni en la de su creador, el mismísimo Lloyd Kaufman.
Por eso, entrar en el GFFF y encontrarte de frente a Lloyd Kaufman, uno de los grandes nombres detrás de Troma y director de The Toxic Avenger, más de treinta años después de que su obra empezase a cimentar las paredes de mis ensoñaciones, fue una de esas experiencias que hacen que la vida cierre un círculo de una manera completamente absurda y maravillosa.
Yo había imaginado Tromaville durante toda mi infancia, y ahora estaba delante del hombre que la había hecho posible.
¿Puede haber un sueño húmedo más freak?
Durante el festival pude disfrutar de películas tan diferentes entre sí como La mosca (1986), El vengador Tóxico (1984), Bagworm (2025), Golpe en la pequeña China (1986) y Dentro del laberinto (1986). La inauguración arrancó precisamente con The Fly y The Toxic Avenger, mientras que Big Trouble in Little China puso el broche final a una edición que recuperó grandes clásicos del cine de culto y fantástico.
Y mención especial merece Dentro del laberinto, porque verla dentro del Pequefreak, alter ego del festival en versión mini para los más pequeños, fue algo inolvidable. El festival recuperó la película de Jim Henson en su 40 aniversario y, al mismo tiempo, la puso delante de una generación que quizá la estaba descubriendo por primera vez.
Gracias por eso, de verdad.

Ahí está, quizá, una de las razones por las que estos festivales son tan necesarios. Porque la nostalgia es maravillosa, pero no debería convertirse en un museo de recuerdos abandonados. La nostalgia también puede ser una puerta a la cultura. Y no solo una puerta para que los que vivimos aquellas películas, aquellos cómics, aquellas canciones y aquellos monstruos podamos volver a encontrarnos con ellos, sino también para que quienes vienen detrás descubran que antes de los efectos digitales, de los filtros, de la IA y del exceso de facilidades de edición disponibles desde un smartphone, hubo gente que construyó criaturas con espuma, látex, maquillaje, marionetas, cartón piedra y mucha imaginación (y perversión!).
Y quizá eso sea lo más importante del GFFF.
Que no nos pide que dejemos nuestras rarezas en casa.
Nos invita a sacarla a pasear.
Aquí el postureo está prohibido y lo cutre se celebra.
Durante unos días, Vigo se convirtió en un lugar donde lo extraño era lo convencional. Donde la conversación con tu vecino en el ascensor ya no era sobre el clima sino sobre zombis y psicokillers . Donde un extraterrestre llamado Mac puede convertirse en un tesoro de bolsillo. Donde un hombre de 82 años puede llegar desde Tromaville y provocar que un montón de adultos calvos o con greñas se comporten, de repente, como si hubieran vuelto a tener quince años.
Y qué coño.
Bendita regresión.
Amigos, crecer no consiste en dejar atrás al niño que fuimos, sino en aprender a llevarlo con nosotros.
Ese niño que imaginaba otros mundos.
Ese niño que veía una película y después pasaba horas pensando en ella y repitiendo sus diálogos en la cabeza.
Ese niño que escuchaba I Wanna Live in Tromaville en un viejo radiocasete mono y se preguntaba cómo demonios sería Tromaville.
Ese niño que escribió “Primo de ET” en una cinta VHS porque todavía no sabía que aquella película se llamaba Mi amigo Mac.
Ese niño sigue ahí.
Solo que ahora tiene dinero para comprarse el llavero e invitar a una caña a Silvia Superstar.
Y ha descubierto que, después de todo, nunca estuvo solo.
Porque hay más como él.
Y tienen un festival donde poder encontrarse.
Nos vemos en Vigoville, queridos freaks!

