Entrevista con el autor de La otra Disney (Vol. 1) (1946-1967)

Es curioso comprobar que, aún a día de hoy, la trayectoria clásica de la «Casa del Ratón», es decir, la productora que fundó Walt Disney, siempre se asocia automáticamente a sus producciones animadas y casi nunca al resto de películas, algunas de ellas muy importantes en la historia del cine estadounidense. Para recordarnos lo erróneo de dicha apreciación general, el crítico y periodista Alberto Corona, ha estudiado pormenorizadamente en un primer volumen, que abarca el periodo que va de 1946 a 1967, una treintena de títulos de (siguiendo la expresión popular) «acción real» producidos por Disney . Mientras esperamos la llegada de la segunda parte, en la que tratará las décadas posteriores, hasta llegar al año del renacimiento disneyiano (1989), hablamos con el autor de la acogida que ha recibido su trabajo, elogiado en las principales revista sobre cine, así como de alguna de las claves que desarrollará en la continuación.

La premisa de tu libro parte de un hecho: es muy raro que un espectador actual piense en algo que no sea animación cuando se le menciona la Disney clásica como productora cinematográfica. En estos meses, con el libro ya en las librerías, ¿te has encontrado con mucha gente que te comentara precisamente eso, que les ha sorprendido que también produjera cine en acción real?

Ha habido sorpresa, sí, pero más por la variedad de géneros que yo les aseguraba que Disney había tocado en esas películas que por la existencia de las películas en sí. En la actualidad, con Disney poseyendo tal cantidad de propiedades intelectuales y estudios, no resulta raro imaginar una época previa donde su producción fuera más allá de los clásicos animados que todo el mundo conoce. Otra cosa, claro, es el tipo de películas, asumiendo que tenía que haber alguna de imagen real. Disney produciendo westerns como Héroes de hierro, thrillers como La bahía de las esmeraldas, ciencia ficción dura como Tron o El abismo negro, terror en El carnaval de las tinieblas… Eso, creo, es lo auténticamente sorprendente de acceder a esta «realidad silenciada». Y lo que llega a darte un poco de pena, cuando piensas en la homogeneidad que guía ahora mismo tantas y tantas películas salidas de Disney sin importar el estudio o el universo cinematográfico.

Te comento mi caso. El libro ha despertado también mi memoria y he vuelto a tener esa perspectiva más general, que tenía algo olvidaba. Como John Tones, el prologuista del libro, pertenezco a la generación que, a finales de los setenta y durante los ochenta, veía, y mucho, estas películas. El abuelo está loco, La bruja novata, La isla del fin del mundo, Mi cerebro es electrónico, las de Herbie… He recordado lo que me gustaban y me he dado cuenta de la importancia que seguramente han tenido en mis gustos posteriores. En ese sentido, ¿qué te han comentado los lectores, digamos, tarrillas?

Por ahora no he tenido demasiado contacto con gente de este espectro de público, más allá del caso de Tones que es un tipo con el que suelo estar siempre muy de acuerdo a la hora de valorar el cine, y que no destaca especialmente por dejar su nostalgia libre de autocrítica, que a la larga es algo que viene muy bien para asumir ciertas opiniones que defiendo en el libro. Pero Tones aparte, sí me he encontrado con un par de personas sorprendidas por lo tajante que soy con Canción del sur, que, al fin y al cabo, es una película que tiene su culto. Gente a la que le llama la atención cómo he examinado el posible «mal envejecimiento» de estas producciones a efectos sociopolíticos. Por suerte, sin llegar a la crítica abierta o a un desacuerdo agrio. En ese sentido, las personas de esta quinta han preferido alabar la documentación que cimenta el libro, cosa que me complace porque al fin y al cabo es la clave de todo. 

El origen del proyecto de proponer esta historia alternativa se encuentra en unos textos que publicaste en la revista Canino. Teniendo en cuenta que perteneces a esa generación «posterior», ¿cuál fue la chispa que prendió la mecha?

Siempre he sentido una gran curiosidad por películas que, siendo eminentemente comerciales, son olvidadas por el público o tan criticadas en su estreno, que se quedan fuera del canon según el cual estudiamos la historia del cine. Me parece una vía genial para explorar por qué ciertas películas funcionan y otras no, y estudiar cómo se articula el gusto del público a lo largo de las décadas. O, mismamente, el de la crítica especializada. En el caso de La otra Disney hay muchísimas películas que fueron éxitos absolutos de taquilla en su año. El extraño caso de Wilby, sin ir más lejos, superó las cifras de un clásico tan incontestable pero tan ruinoso económicamente en su estreno como La bella durmiente. Pero, como estas no fueron alabadas por la gente encargada de moldear este canon, han caído en el olvido. Me atrae también mucho indagar por qué tal película es mal recibida, sopesar el contexto histórico y proyectar mi mirada entre ambas nociones. Por resumir, creo que siempre tiene interés ver qué películas se recuerdan y qué películas no, y esto es especialmente cierto en el caso de Disney, cuyos directivos han sido siempre tan celosos a la hora de controlar su narrativa.

Empiezas en el año 1946 y dedicas mucho espacio a una película clave que acabas de mencionar, Canción del sur, una obra que ha recibido críticas por sus connotaciones racistas. En estos tiempos es fácil asociarla con la polémica que surgió hace meses con Lo que el viento se llevó y su paso por una plataforma de vídeo bajo demanda. ¿Qué consideración tiene actualmente? ¿Es fácil verla? ¿Qué se comenta?

Canción del sur es un caso complejo. Por un lado está el hecho de que es uno de los grandes éxitos de Disney. Arrasó en taquilla no solo cuando se estrenó, sino en todos los reestrenos. Y ganó, además, un par de Oscar. Por otro lado, y por hacerlo todo más complicado, se da el caso de que los intentos de Disney por eliminarla de la memoria a causa de su problemático tratamiento racial han fortalecido su fama, logrando que se convierta en un «clásico maldito» una película que, por decirlo suavemente, es sumamente menor a nivel artístico. Es algo que ilustra, como sucede, con otros matices, en el caso de Lo que el viento se llevó, nuestra esquizofrenia a la hora de enfrentarnos al pasado y lo fácil que es recurrir, dentro de ella, a observaciones tajantes que desbaratan la conversación y el análisis. No tengo una opinión completamente formada, porque voy cambiándola casi de forma constante, como quien dice, pero para mí, dentro de este pozo idiota de medidas tajantes y faltas de razonamiento entran tanto Disney queriendo borrar Canción del sur de la memoria, para no quedar mal delante de sus accionistas, como quienes ponen el grito en el cielo porque HBO Max incluya unos cartelitos al inicio de Lo que el viento se llevó. Es la misma garrulez, el mismo desinterés por reflexionar. El pasado es difícil, el presente es difícil, y las situaciones difíciles exigen análisis meditados y responsables.

Terminas el libro con El más feliz millonario, de 1967, porque es la última película que supervisa Walt Disney antes de morir. De alguna u otra manera, ¿se nota en todas estas películas la película su impronta? ¿Más o menos que en las de animación?

Desde luego. Una cosa genial que me ha aportado documentar y escribir el libro es afrontar todas y cada una de las películas como surgidas de un imaginario tan específico como, al mismo tiempo, lleno de matices y de lecturas. Por supuesto que cada película de Walt Disney Pictures, sea de animación o de acción real, puede entenderse en función del señor Disney, pero es que ese señor Disney es símbolo de tantas y tantas cosas que, al mismo tiempo, sus producciones también lo son. Disney como emprendedor, como prohombre estadounidense, como creyente consumado en el american way of life y en las dinámicas capitalistas… Disney es fundamental en la historia del cine y en el modo en que se ha modulado el pensar y el sentir de Occidente. En el libro, al hilo de Mary Poppins, trato de resumirlo todo en torno a un «triángulo esencial», el que forman el recuerdo idílico de la infancia, la confianza en la institución familiar y la capacidad para verle el lado positivo a todo. Cualquier película de Disney puede ser leída partiendo de estas nociones.

Y te doy la vuelta a la pregunta, porque el volumen 2, que estás preparando, va de ese año a 1989. ¿En qué se nota la ausencia de Walt Disney? O si prefieres, ¿hay un denominador común en las películas que vas a tratar en el próximo libro que sea diferente al de las precedentes?

Aún estoy en plena preparación del libro y me faltan películas por ver y episodios históricos que repasar, pero diría que la diferencia fundamental es el vacío de poder y dirección que deja Walt cuando fallece en 1966. El camino por el que Disney pasa de ser una empresa imposible de entender sin su fundador a ese gigante corporativo que es en la actualidad, está determinado por un caos interno brutal de juegos de tronos y autoridades pisadas. ¿Cómo se relacionan estas intrigas palaciegas con la producción cinematográfica? Pues, básicamente, con la deliciosa variedad de propuestas que nos brinda Disney en los años setenta y ochenta. Tron, El abismo negro, Oz, La montaña embrujada, El dragón del lago de fuego, la increíble El carnaval de las tinieblas… Estas películas no habrían podido hacerse en los cincuenta y sesenta porque, más allá de su calidad, ejemplifican una desorientación jugosísima, un «probemos a ver» que también puede relacionarse con el momento tan sugerente que atravesaba el cine comercial americano en esos años, con el Nuevo Hollywood, el asentamiento del blockbuster a partir de Lucas y Spielberg, etcétera.

Si te parece bien, cuéntanos cuáles son tus siete películas favoritas, y la razón, de entre todas las que has comentado en el libro.

La isla del tesoro: Creo que es la mejor adaptación que se ha hecho de la novela de Robert Louis Stevenson. No me gusta demasiado la interpretación de Bobby Driscoll como Jim Hawkins, pero adoro la dirección de Byron Haskin, tan violenta y sucia, y sobre todo que el guion entienda tan bien la relación entre Hawkins y Long John Silver, así como el carácter de coming of age amoral del libro.

Héroes de hierro: Se me escapa por qué un western tan potente como este ha pasado tan desapercibido. Recrea el mismo episodio de la guerra de secesión que recreaba El maquinista de la General de Buster Keaton, pero cambiando su discurso antibélico por una reflexión sobre el carácter indómitamente positivo de todos, absolutamente todos, los estadounidenses, por mucho que se estén matando entre sí. Aparte de que me parece increíble cómo saca épica de esta suerte de equidistancia, creo que es fundamental para entender cómo el país se piensa a sí mismo y las contradicciones sociopolíticas a la que esto le lleva.

Pollyanna: Es una película mágica. Más allá de la interpretación de Hayley Mills, creo que es brutal lo bien que defiende que, muchas veces, hay que ser valiente para ser optimista, y lo habilidosamente que el guion de David Swift rastrea todos los estratos de un pequeño ecosistema social que se ve inundado por los buenos sentimientos. ¡Si es que tiene hasta discusiones teológicas sobre cómo afrontar la fe! Hay un diálogo, en concreto, entre Karl Malden y a Mills, que llega a recordarme a Carl Theodor Dreyer o a las películas religiosas de Martin Scorsese. Salvando las distancias, claro… porque Pollyanna es mucho más bonita.

Tú a Boston y yo a California: Más o menos lo mismo que con Pollyanna. Hay una razón por la que Disney posee la absoluta hegemonía cultural y es que da igual si te parece repugnante su ideología. Te la vende tan bien, con tanta habilidad y belleza, que te la vas a comer por fuerza. Tú a Boston y yo a California se beneficia, además, de una química entre Brian Keith y Maureen O’Hara que es rabiosamente sexual, sin dejar de lado un romanticismo apabullante que explota en una escena final de reconciliación que me emociona siempre que la veo. El remake con Lindsay Lohan me gusta mucho también, pero no tiene una reconciliación entre padres tan potente como esta.

Mary Poppins: Es mi película favorita de Disney y me parece prácticamente perfecta, qué voy a decir.

Un gato del FBI: Es divertidísima. La cumbre de la gimmick comedy está aquí, con Hayley Mills en la cumbre de su carisma y Dean Jones en la de su potencia cómica. El argumento no puede ser más imbécil, y la película le corresponde siendo exactamente igual de imbécil.

El abuelo está loco: Es la primera película de acción real de Disney que vi aparte de Mary Poppins. He vuelto a ella periódicamente y me resulta enternecedor ese retrato de alguien llegado a la vejez que desea corregir los errores del pasado. Además, tiene una escena clave para entender el sentido de la maravilla disneyano. Es aquélla en la que Karen Dotrice camina por un bosque precioso, se encuentra con un gnomo, y no solo no se asusta ni por un segundo ,sino que además le ofrece rápidamente ayuda.

¿Podrías hacer un pequeño adelanto a tus lectores y decirnos cuáles serían las siete del siguiente periodo que vas a analizar?

Como contaba arriba aún me quedan muchas películas por ver, pero de las que he visto antes de trabajar en el libro y que ya he podido estudiar, puedo destacar Mi amigo el fantasma, La bruja novata (una película que me sé de memoria), Viernes loco, Cariño, he encogido a los niños, El abismo negro, Oz, un mundo fantástico y El carnaval de las tinieblas.

Uno de los valores que destacas de estos títulos es la exaltación de la infancia y la alegría que derrochaban. ¿Consideras que la Disney actual sigue reflejando lo mismo y con igual intensidad? Si no es así, ¿en qué producciones se encuentra ahora dicha exaltación?

No quiero sonar como un amargado, pero creo que la Disney actual solo triunfa creativamente cuando reflexiona abiertamente sobre esta exaltación de la infancia. Cuando se limita a emularla se nota demasiado que sus creadores están pensando más en satisfacer nostalgias y demandas de mercado que en decir algo artísticamente relevante. Aclaro, por supuesto, que me estoy refiriendo a nuevos clásicos y películas directamente relacionadas con la marca. Quito Star Wars, Marvel, Pixar o todo lo que tienen ahora con Fox, porque me resulta imposible resumirlo todo en una única tendencia. Por rescatar dos títulos modernos que creo que de veras hacen un gran trabajo a la hora de pensar sobre su legado y esta condición de Disney como fábrica de sueños y protectora de infancias, destaco Al encuentro de Mr. Banks y Christopher Robin, una película que, por cierto. pasó sumamente desapercibida, y creo que se debe a la amargura casi punk que contiene. Y a los peluches creepys, claro.

Para acabar una pregunta más general. ¿Por qué ese interés en buscar y rebuscar en la «sustancia» sentimental de generaciones anteriores a la tuya?

Porque creo, y lamento que esto suene a perogrullada, que es imposible intuir adónde vamos sin comprender con toda la exactitud que sea posible de dónde venimos. Y esto vale, creo, para cualquier ámbito del cine popular o expresión cultural.

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