“Quando entrai nella casa di quella donna, la prima volta, mi parve di vedere un quadro”

Fue al irte a vivir a Italia cuando fuiste plenamente consciente de que Profondo rosso era una película de miedo totalmente diferente a cualquier otra. Y eso que ya te la sabías de memoria, le habías dado mil vueltas con anterioridad. Es decir, va más allá de sus singularidades estéticas o argumentales, de sus aciertos y desaciertos: se trata del lugar que se ha ganado en el inconsciente colectivo del país. He aquí, tal vez, el hecho diferencial que debe destacarse a la postre del quinto largometraje de Dario Argento, para muchos, su obra maestra junto con Suspiria. ¿Eso es lo que significa ser una película de culto? Puede, aunque probablemente esta supere el concepto y represente otra cosa.

Eran tiempos en los que los tonos de llamada de los móviles todavía no podían reproducir grabaciones, como máximo, melodías monofónicas. E incluso así, cuando aquel aparatito te sonaba con un ti-ti-ti que no hacía justicia al inolvidable tema de Goblin, a cualquier italiano que estuviera a tu lado le provocaba un segundo de inquietud y, al momento, le seguían casi invariablemente la sonrisa cómplice y el comentario anda, entonces a ti te gustan las películas de terror, pero nunca la pregunta de cómo es que tú siendo español te pones la música de una película italiana de hace treinta años, porque presuponían que todo el mundo la conocía fuera de las fronteras transalpinas o, en cualquier caso, porque no había nada extraño en tener como tono de llamada una banda sonora de hace mucho tiempo si la película era precisamente esa.

Profondo Rosso —te cuesta decir Rojo oscuro, como si fuera un título que tu cabeza no procesara para memorizarlo— no se discute. Profondo Rosso está ahí desde que se estrenó y, por lo que parece, seguirá estando.

Que una película de esta clase se haya depositado en los entresijos emocionales de Italia o, al menos, haya pasado a convertirse en una referencia cultural ineludible, incluso para quienes no la hayan visto o ni siquiera les interese el cine de terror y el thriller, ejemplifica uno de esos envidiables rasgos sublimes de la italianidad, que abundan en grado máximo y variedad, si bien también los tiene poco envidiables y poco sublimes. A finales del año 1975, los espectadores se dejaron atrapar para siempre por la ultraviolencia y la fantasía cuando asistieron al homicidio de una médium a golpes de hacheta, temblaron con la melodía de una nana y descubrieron que bajo la capa de pintura y yeso de una pared podían hallarse los dibujos siniestros que eran la clave para resolver un gran guiñol donde casi todo era sueño, truco y sobresalto. Porque hay filmes que intensifican la experiencia de los sentidos, y el gozo truculento que este provoca en concreto nos embelesa: con las texturas de sus imágenes que nos gustaría tocar, a sabiendas de que corremos el peligro de cortarnos, y con un ensueño arquitectónico en el que querríamos entrar y perdernos, aunque sepamos que tras sus esquinas acechan la muerte y la locura.

También hay cintas, y esta es una de ellas, cuyos temblores resultan paradójicamente un bálsamo contra otros temblores, cuando la seguridad confortable ofrecida por la butaca y la sala oscura marca distancias con lo que hay en la calle o en casa. Quizás fuera esa una de sus extrañas claves de su éxito cuando llegó a las salas, pues fuera de ellas los «años de plomo» de terrorismo y masacres alcanzaban sus expresión más feroz, y eran verdaderas la sangre y las palizas diarias, así como verdaderamente asesinas las ametralladoras y las bombas.

En cualquier caso, aún a día de hoy, mayores y jóvenes coinciden en su entusiasmo. No importa si fueron al cine en los años sesenta o si la han visto después, por la tele o en ordenador, porque la nombran o se detienen a hablar de ella con orgullo y viveza, qué miedo dabaqué miedo da.

Hace quince años hablaban en Italia de Profondo Rosso hasta los seguidores del cine de terror contemporáneo. Te hablaban de Eli Roth, Rob Zombi, Alexandre Aja y otros directores que estaban de moda por entonces, pero eso no quitaba que no tuvieran la máxima consideración por «su» clásico, con un respeto casi de dogma de fe, es que es un espectáculo insuperable. No había pose en su gesto y actitud, sino que el entusiasmo y el extenso rato dedicados a las loas eran sinceros. Profondo Rosso podía salir hasta en la conversación con aquellos que no la habían visto, claro, claro, la melodía sí que la conozco, cómo no voy a conocerla.

¿En qué otro país podría suceder estas cosas sino en Italia? ¿Se daría una situación análoga en un lugar diferente? ¿Qué otro pueblo incorporaría sin prejuicios a su acervo cultural popular una película de terror? Por ejemplo, los violines de Psicosis y el ataque orquestal de Tiburón son conocidos y usados en medio planeta, pero para un italiano, la música compuesta por Goblin siempre será otra cosa, algo propio. El recuerdo y el mecanismo que activa el miedo y la emoción, también.

Otro elemento que alimenta la admiración: es una película que parece que no se acaba nunca y, a pesar de los ríos de tinta dejados por apologetas y comentaristas de distinto signo durante más de cuatro décadas, todavía genera discusiones filológicas sobre la versión que se acaba de ver, este plano de aquí dura un segundo más, advirtiendo que esa escena de allá tiene un montaje ligerísimamente diverso, y señalando si os habéis fijado en el audio, tiene una mezcla diferente durante la parte en la villa del Niño Que Grita. Aún recuerdas la conmoción que produjo una vez, en sala, la copia perteneciente al archivo de la Cineteca Nazionale, cuando los asistentes detectaron que era una versión única, una que jamás habían visto ni oído, sobre todo porque contenía variaciones en la mezcla de las voces y la banda sonora. Tu amigo, maestro proyeccionista e hijo de maestro proyeccionista, descubrió la razón y te dijo que mira, va a ser que lo que he proyectado es una copia de trabajo, muy posiblemente la productora la entregara al Centro Sperimentale di Cinematografía, porque siempre tiene que enviarse al archivo al menos una copia de toda producción italiana estrenada, e igual, con esta, cumplieron con el trámite y se ahorraron el coste de hacer una copia definitiva más cuando todavía no sabían si iba a tener o no éxito. Después se supo que sí.

Por último, siempre recordarás que muchos interlocutores guardaban alguna vivencia personal, lejana o cercana, relacionada con la película. Como aquella chica que le gastó la broma a un amigo que estaba durmiendo, me hice con las llaves de su apartamento, entré sin hacer ruido, puse en el equipo del salón el cedé a todo volumen y al colega casi le da un infarto.

Como el chaval napolitano que el día antes la estaba viendo en su habitación, con los cascos puestos, y te contó lo que le pasó de repente, hubo una bajada de tensión, la luz se apagó y pegué un bote que casi choco la cabeza contra el techo.

Como la empleada estatal en la Cámara de los Diputados que la vio en 1975, con trece años, en compañía de una amiga, y volvimos solas a mi casa después de la última sesión, corriendo sin aliento hasta llegar al portal, las calles estaban vacías y oscuras, qué miedo.

O como, de nuevo, tu amigo proyeccionista que, después de otro pase, durante un ciclo homenaje a Carlo Rambaldi, el creador del autómata que ríe, te comentó que él la había visto en el cine de su padre, me quedé a la siguiente sesión… ¡¡solamente para descubrir a Clara Calamai la primera vez que David Hemmings entra en aquella casa!!. Y estás seguro que no fue el único espectador que lo hizo por aquel entonces. Para comprobar si nos había parecido ver un cuadro…

En 2021 Applehead Team va a publicar De Goblin a Argento, la autobiografía de Claudio Simonetti

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