Enzo Sciotti, in memoriam

Por Pablo G. Naranjo

Hace unos días nos dejó Enzo Sciotti, un nombre importante para el aficionado al cine de género y una influencia invisible para muchos ajenos a esa rama dura de la afición que conoce nombres, fechas y gasta maravillosas camisetas negras con terrores estampados en el pecho. Enzo Sciotti, junto con otras figuras como Renato Casaro, dedicaron gran parte de su talento a ilustrar muchos de los pósteres de las películas de género de las décadas de los setenta y ochenta. Todo el cogollo del fantaterror italiano, vaya. Arte grabado en marquesinas y, sobre todo, en carátulas de videoclub, que supusieron un viaje al mundo de la fantasía y un verdadero flipe para las tiernas mentes infantiles que pasábamos las horas muertas delante de las estanterías de la sección de terror del videoclub Sant Ramón, por poner un ejemplo autobiográfico.

Porque esto es un artículo con trazas autobiográficas, mi querido lector y compañero; así que unamos nuestras sudadas manos y lancémonos a la piscina, algo turbia ya, del Camping Nostalgia. Cierra los ojos durante un segundo y aspira ese olor a ambientador barato de esencia de pino químico. Tienes doscientas pesetas en el bolsillo y todo un fin de semana para tirarte en el suelo y recibir tu dosis de emociones baratas. Con esas doscientas pelas hay dos opciones: llevarte un estreno (ese RoboCop te hace ojitos) o pillar dos por veinte duros y tener más por lo mismo. Eres joven, eres valiente, eres el más inteligente del barrio: dos por veinte duros.

Y ahí es donde Enzo Sciotti hacía su magia. Mientras que dioses de la ilustración como Drew Struzan aupaban al olimpo del celuloide películas que tal vez no lo necesitaban, Sciotti te presntaba filmes que sin él no hubieran tenido ninguna oportunidad en el saturado mercado del cine doméstico. Struzan se apoyaba en los nombres de gente como Spielberg; Sciotti, Fulci. Por eso, en mi opinión, el trabajo de Sciotti es más meritorio desde un punto de vista comercial. Era un valor seguro. Iba a crear ese afiche brutal que hacía que los comerciales de las exhibidoras y distribuidoras la compraran y pasearan por los reinos del VHS y el Betamax. «Esta es de las buenas, hombre. ¿Pero tú has visto este poster? Te la van a quitar de las manos». El comercial no podía tener más razón.

Seguimos con los apuntes autobiográficos. Verano de mil novecientos ochenta y nueve. Este vuestro amigo pasa la hora de la siesta, esa hora maldita cuando tienes diez u once años, dibujando de memoria en un bloc de dibujo de los que tenían un podenco en relieve en cada hoja. Se muerde la lengua intentando recordar los detalles de una ilustración que ha visto en la marquesina del cine del Ateneo de Cerdanyola. Es un tipo musculoso, con pelazo y pinta de masticar tuercas: un Rambo de la vida, que apunta a algo que le amenaza desde las alturas con un revólver imposible, mientras un paisaje urbano y caótico está a punto de estallar a sus espaldas. Todo el dibujo exuda molonidad y esperanza de violencia y acción desmedida, y yo quiero copiar cada uno de los detalles. La peli, ya lo sabéis, es Fuga del Bronx de Enzo G. Castellari, y está protagonizada por el entrañable Mark Gregory. Y claro, el poster es de Sciotti.

En aquella época yo no sabía quién era ese señor. Y tú tampoco, listillo. Solo sabíamos que los videoclubs estaban llenos de cintas con pósteres chulos que sobrepasaban con creces la calidad de las películas. Era casi imposible estar a la altura de esos zombis, esas mujeres bellas y pavorosamente aterradas, esos cuchillos ensangrentados que sajaban en la oscuridad, esas mansiones habitadas por payasos diabólicos… Esos demonios que se acercan con los ojos inyectados en luz.

Sciotti pintó el germen de quien soy ahora. De lo que escribo y de lo que sueño. Un escritor, o cualquier persona que se dedique a la creación cultural, escarba en su interior, en el mundo que le ha tocado vivir, en todas las referencias conscientes e inconscientes. Un libro, un estilo, una biblioteca verbal y visual… todo eso puede influir en lo que hace. Y Sciotti, como merecido homenajeado, es uno de esos puntales. El sentido de la maravilla, el espectáculo casi lúbrico, la hipérbole como seña de identidad; el surrealismo a la hora de trasladar, en un solo golpe conceptual, la intención de la película. Sus carteles son una trampa, un arma de un solo disparo, que debe atrapar al espectador y despertar su imaginación hasta que suelta el dinero. Lo que viene después es lo de menos para una artista que trabajado en miles de afiches. Su misión es epatar en un primer y definitivo puñetazo al cerebro.

Treinta años después de ese chavalito que dibujaba el cartel de Fuga del Bronx de memoria, existe un señor que se dedica a escribir novelas de género con la lengua entre los dientes y la misma intención que el amado Enzo Sciotti: impactar, conmover y vender el producto.

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