El éxito en 2011 de El último exorcismo sorprendió a propios y extraños, quedando como ejemplo de pelotazo que ya le gustaría pegar a cualquier productora que se mueva en el terreno del bajo presupuesto. Siendo la enésima versión de la historia con poseída a quien los demonios fastidian la existencia, y costando casi dos millones de dólares, la cinta dirigida por Daniel Stamm multiplicó las ganancias por treinta. Sin inventar la rueda, se situaba por encima de la media de un subgénero ya manoseado, el de las grabaciones in situ de sucesos terroríficos, que era la otra característica que la definía. Lo mejor que encontrábamos en el relato del exorcismo practicado por un ministro evangélico que recogían unos documentalistas era el aprovechamiento ambiental de la Luisiana profunda —tierra de pantanos y bosques misteriosos—, la mezcla entre lo rural y lo siniestro, amén de un estupenda actriz llamada Ashley Bell, que presentaba muy buenas credenciales para postularse como nueva reina del terror, algo que después, de momento, no ha pasado.

Y ya sabemos que el daño colateral de un éxito se llama «secuela». En el cine de género son casi de cumplida obligación cuando algo funciona en la taquilla. Sin embargo, lo menos habitual viene cuando la segunda parte luce tanto como la primera; y, menos aún, si la supera. Es lo que consiguieron dos años después el realizador Ed Gass-Donnelly y un guionista semidesconocido que se llamaba Damien Chazelle… exacto, el mismo que poco después llegó a la primerísima división de los Óscar, también como director, con Whiplash y La La Land. A partir de una idea de este último y sin intervención de quienes escribieran la original, si bien Eli Roth volvía a participar como productor, se sacó adelante El último exorcismo 2, una película que decepcionó a quienes les gustó la obra precedente precisamente porque sus artífices decidieron plantear algo muy diferente, en nada parecido a la primera parte. ¿El resultado? Una perla escondida entre los estrenos de la cartelera; pura serie B, dicho esto como elogio y como constatación de que la película asumía una forma y un espíritu muy cercanos a cierto cine de los años cuarenta.

En la continuación se abandona la subjetividad desde el principio, y el director adopta un estilo clásico que sorprende por el pulso firme que emplea. El argumento retoma la historia donde se había quedado, bastando como nexo de unión el plano de una videocámara por los suelos, y prosigue con una secuencia inicial cuyas virtudes estilísticas marcaban la excelente tónica general del resto. ¿Qué habrá sucedido con Nell Sweetzer, la víctima del terror en aquel escenario rural de Luisiana? Amanece a las fueras de Nueva Orleans. Un matrimonio apura el sueño antes de levantarse. La esposa va un momento al baño y el marido remolonea en la cama. No saben que algo o alguien les hace compañía…

Ya desde aquí la economía y precisión del relato caracterizan la narración, despidiendo un aroma a la mejor serie B de antaño. Y continua cuando la acción se traslada a la residencia de acogida para chicas jóvenes donde se aloja Nell. Quizás por eso la película descolocó a un público del siglo XXI acostumbrado a otros terrores en pantalla: con la elegancia formal y el propósito de sumergirse en lo fantástico a partir de la atmósfera y una puesta en escena sencilla pero inquietante a la vez, se pretendía entroncar con el cine fantasmagórico y «chamánico» (que diría Raúl Ruiz) de artistas como el productor Val Lewton. La gran sorpresa, de hecho, venía con el guiño que se hacía de uno de sus trabajos capitales, que estaba dirigido por Jacques Tourneur, La mujer pantera (por cierto, otra película con una segunda parte, El regreso de la mujer pantera, radical y maravillosamente diferente). No conviene olvidar que Chazelle es un cineasta que demuestra haberse estudiado a los clásicos. Basta ver la huella del cine musical con solera en La La Land.

Es cierto que El último exorcismo 2 no termina de redondear la jugada, porque durante el último tercio el desarrollo de la premisa parece estancarse y quedar algo vacía de contenido. Eso sí, los cinco minutos finales ofrecen un intenso broche, prácticamente perfecto, incluso si recuerda demasiado a Carrie. Después de ver esta película que intenta aunar con valentía formas atemporales y modernas del cine de terror (aun a riesgo de pegarse un injusto trastazo en la taquilla, que es lo que sucedió), le dejaríamos a Ashley Bell que, siempre y con mucho gusto, protagonizara nuestras peores pesadillas. Hay muchos motivos, pues, para ver esta secuela y redescubrirla.

Si eres un apasionado del cine de posesiones y exorcismos no te puedes perder estos dos libros de Applehead Team:

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