Aunque Quentin Tarantino esté hablando continuamente del spaghetti western y recurriendo a él en sus exitosas películas —aparece metamorfoseado o citado de diferentes maneras en sus tres últimos largometrajes: Django desencadenado (2012), Los odiosos ocho (2015), Érase una vez en Hollywood (2019)—, siempre queda la sensación de que no termina de completarse la definitiva reivindicación que se le debe al subgénero. Es triste que en Italia y España, los dos países claves donde se desarrolló está mutación europea del relato cinematográfico estadounidense por excelencia, se aplauda muy merecidamente la cinefilia expuesta en pantalla por Tarantino, pero se siga sin hacer casi nada por sacar oficialmente del olvido el patrimonio fílmico del que bebe este director. Y es que las películas de vaqueros con hálito mediterráneo son aún a día de hoy menospreciadas por una parte de la crítica, desconocidas por muchos cinéfilos desprejuiciados (al menos desde una perspectiva general) y recordadas con fervor solo por una serie de espectadores y críticos sin anteojeras, que las vieron en su día en los cines o, después, en pases televisivos.
Además, se da una paradoja muy curiosa: la consideración hacia el eurowestern, quizás un término más apropiado para definir el fenómeno, se ha distorsionado incluso por la figura central del rey Leone, el grandísimo Sergio, quien tuvo y sigue teniendo reconocimiento mundial con la fundamental Trilogía del Dólar —Por un puñado de dólares (1964), La muerte tenía un precio (1965), y El bueno, el feo y el malo (1966)— y Hasta que llegó su hora (1968), que fue su opera magna. Tan indiscutible es que la genialidad de Sergio Leone dejó el listón más alto en términos artísticos totales, como rematadamente falso que el resto de cineastas fueran meros epígonos, una idea que, extrañamente, se mantiene en ciertos círculos. La calidad, los títulos, los nombres propios abundan.
Y las cifras apabullan. Agárrense bien: a falta de un censo oficial, las listas de los westerns europeos estrenados durante quince años, desde 1963 hasta 1978, sobrepasan con facilidad los trescientos y podrían llegar a los cuatrocientos. Y eso ciñéndonos a la producción italiana y española, a menudo al alimón y con participación a veces de otros países; es decir, una aproximación que no incluye las historias del Oeste rodadas en el Viejo Continente antes y después de dichas fechas, o las producciones exclusivamente alemanas, yugoslavas, etc.
Huelga decir que en el corpus encontramos un repertorio que recorre cada escalón entre el cero y el diez; también, que existe una sobreexplotación de arquetipos y argumentos fijos. Pero la singularidad también prolifera. Entrar en este mundo requiere a veces aptitudes de arqueólogo y desde aquí reconocemos la labor de los cultores que han impedido la pérdida de un numerosísimo puñado de obras en las brumas del tiempo, escribiendo sobre ellas, recordándolas. He aquí una propuesta para adentrarse en territorio salvaje, un mapa donde se marcan, aparte de la obra de Leone, veintiún paradas imprescindibles para gozar del itinerario y, después, otear las ramificaciones por el vasto horizonte: al amanecer nos aguardan todavía, con los colt siempre a punto, los Django, los Ringo, los Sartana, los Sabata, amén de varios Hombres sin nombre…
- Antes llega la muerte (Joaquín Luis Romero Marchent, 1964)
Los nombres de los hermanos Romero Marchent, Joaquín Luis y Rafael, figuran con letras doradas en el subgénero. Joaquín ya había llevado al cine, en los años cincuenta el Coyote, el héroe por antonomasia de las novelas del Oeste españolas, y mucho después lo encontramos como uno de los principales directores del genuino western ibérico, es decir, la famosísima serie Curro Jiménez. Sus películas de los primeros sesenta —Cabalgando hacia la muerte (1962), Tres hombres buenos (1963), El sabor de la venganza (1964) — se alinean con la tradición clásica, pero su director va introduciendo motivos y rasgos propios de la nueva tendencia. La culminación es Antes llega la muerte, para muchos, la joya hispana de la corona.
2. Una pistola para Ringo (Ducio Tessari, 1965)
Después del bombazo llamado Por un puñado de dólares en 1964, se desató la fiebre total por el western en el país de la bota. Varios colaboradores de Leone en aquella cinta se lanzaron a proseguir por la misma senda. Uno de ellos fue el coguionista Ducio Tessari, quien al año siguiente estrenó Una pistola para Ringo, en la que aparecía por primera vez uno de los rostros más queridos por el público del spaghetti, el carismático Giuliano Gemma. Su personaje se alejaba bastante del rudo modelo encarnado por Clint Eastwood. Va hecho un pincel y bien afeitado, es irónico y gamberrete, pero a su paso se desata una violencia feroz. Una figura fascinante.
3. Un dólar agujereado (Giorgio Ferroni, 1965)
Giorgio Ferroni lo fue todo en el cine italiano, pues filmó documentales y largometrajes adscritos al neorrealismo pero también recorrió todos los géneros populares, desde el péplum hasta el terror, destacando en este último con las notables El molino de las mujeres de piedra (1960) y La noche de los diablos (1972). En Un dólar agujereado, Giuliano Gemma cambiaba de registro (encarna a un atribulado confederado que, después de la Guerra Civil, renuncia a las armas hasta que le obligan a cogerlas nuevamente), pero no de seudónimo artístico para poder triunfar en el mercado extranjero, ¡Montgomery Wood! La cinta tuvo tanto éxito que solamente quedó por detrás de La muerte tenía un precio en la taquilla nacional de ese año.
4. Django (Sergio Corbucci, 1966)
Con un ataúd a rastras un pistolero va caminando… Django. El original. El primero. El grandísimo Franco Nero. Detrás vendrían las secuelas apócrifas, las imitaciones. La influencia de este filme fue definitiva. Junto a Leone, el Sergio número 2 asienta varios pilares del subgénero tal y como se entiende hoy día. A diferencia de las obras del primero, aquí a Corbucci no le ciega el sol: el celuloide está embadurnado de barro; a sus fotogramas los inundan unos tonos plomizos y los gestos se tornan casi góticos. Un éxito amado en todo el mundo.
5. El halcón y la presa (Sergio Sollima, 1966)
El tercero de los Sergios y autor de otra trilogía imprescindible. Sollima o el western hecho apólogo político. Cuánta miga tienen El halcón y la presa (1966), Cara a cara (1967) y ¡Corre, Cuchillo… corre! (1968). En ellas hallamos algunas de las presencias actorales básicas de este parnaso cinematográfico: Lee Van Cleeft, William Berger, Tomas Milian o Gian Maria Volonté. En la primera de ellas aparece otro personaje inolvidable para los aficionados. Señoras y señores, presentamos al mejicano Manuel Sánchez, más conocido por el sobrenombre de ¡¡Cuchillo!! Un filme soberbio con el tema de la caza al hombre, al que se le añaden apuntes sobre el capitalismo, la conciencia de clase y el racismo.
6. El Yankee (Tinto Brass, 1966)
La mayoría asocia el nombre de su director a películas softcore, repletas de redondeces y exuberancias carnales. Es una pena, ya que Tinto Brass nunca fue un realizador cualquiera y su cine poseía nervio. Hacía gala de un sentido prodigioso para la composición y el montaje. Filmó una del oeste y la clavó. Insólita en su forma, con muchas influencias tebeísticas, amén de reflejar un irresistible toque pop y psicodélico, tiene un malo malísimo para la antología de los pérfidos, el Gran Concho, interpretado por Adolfo Celi. El Yankee es la prueba de que Brass fue un gran creador de imágenes.
7. El precio de un hombre (Eugenio Martín, 1967)
Pieza de cámara que sustituye los espacios panorámicos por prácticamente un escenario único donde se desencadena el infierno y a los personajes se les ofrece sólo dos posibilidades: matar o morir. Una gema seca y concisa. Un policiaco de tiros bajo la piel de un western. Tarantino no se cansa de señalarlo una y otra vez como uno de sus predilectos: se lo ha estudiado de pe a pa. Aquí en España, aún ni caso, siempre se nombra de pasada. Quizás la mejor película de vaqueros dirigida por un español.


