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De todas las leyendas relacionadas con el blues, posiblemente la más conocida es la del pacto que hizo Robert Johnson (1911-1938) con el diablo, un trato por el que el guitarrista habría ganado la capacidad asombrosa que le caracterizaba para tocar el instrumento de las seis cuerdas como ninguna otra persona: Keith Richards, por ejemplo, llegó a decir muchos años después, que cuando se escucha alguna de las veintinueve canciones de Johnson, parece como si hubiera dos instrumentistas dándoles a las mismas cuerdas a la vez. En los años ochenta, esta historia fue fuente narrativa en Crossroads (Cruce de caminos) (1986), una filme de Walter Hill que culminaba su metraje con un duelo guitarrístico en que participaba Steve Vai como contrincante diabólico del protagonista (a quien doblaba «musicalmente» Ry Cooder). Ya por entonces, el cine había aprovechado a menudo la asociación entre el mal sobrenatural y el rock and roll o el heavy metal (de la relación con el mal a secas ya se había encargado cumplidamente ciertos sectores de la prensa), sobre todo en el género de terror. Ahora bien, tampoco han existido películas destacables, ya que la tendencia, a menudo, desembocaba en propuestas que caían en el humor involuntario. No demos nombres… Otra cosa muy distinta, conviene señalarlo, vino de esa combinación con el añadido más que consciente del ingrediente de la comedia o la parodia. Durante las últimas cinco décadas, la fórmula ha funcionado más o menos bien a veces, como puede comprobarse en la siguiente selección de títulos:

El fantasma del paraíso (1974)

Bienvenidos al gran espectáculo de la música moderna: he aquí su constelación babilónica de estrellas que suben o caen con cada lista semanal de éxitos, he aquí el poder absoluto de discográficas que crean y arruinan a los artistas de la noche a la mañana, por obra y gracia de sus jefazos, tal y como demuestra el mefistofélico Swan. Con una soberbia banda sonora de Paul Williams, y varias interpretaciones vocales inolvidables de sus actores (véanse las canciones de la debutante Jessica Harper), estamos ante la primera obra maestra de Brian de Palma, una de la joyas de su filmografía. No ha perdido un ápice de fuerza e intensidad casi cincuenta años después de su estreno. Muchos consideramos esta insólita sátira (una mezcla de la historia del fantasma de la ópera y el mito de Fausto, con referencias a Frankenstein y un sentido del humor tirando a contracultural) una obra mucho más estimulante y gloriosa que The Rocky Horror Picture Show. We’ll remember you foreeeeever Eddie…

El club de los monstruos (1981)

Un precioso homenaje a las películas episódicas de terror de la Amicus, pasado por el tamiz de lo cómico, y hasta de lo pulp, pero sin dejar atrás las pulsiones inquietantes que tan bien sabía activar el cine británico de género en los años sesenta y setenta. Un reparto de aúpa (Vincent Price, John Carradine, Donald Pleasence, Britt Ekland…) encabezaba esta antología fílmica, que toma como referencia el universo ficcional del escritor Ronald Chetwynd-Hayes. Consta de tres historias independientes y una cuarta que funciona como marco, con la que nos adentramos en un misterioso club en el que, entre un relato y otro, se ameniza la velada con actuaciones en directo de buenos grupos hoy olvidados. Destacan los geniales, y ya por entonces veteranos, Pretty Things.

Muerte a 33 revoluciones por minuto (1986)

¿Qué más puede pedirle a la vida un fan si, cuando menos se lo espera, se ve poseído por el espíritu de su estrella musical favorita? Bueno, que se lo pregunten a Eddie (Mark Price), porque si dicho espíritu es demoniaco las cosas no pueden acabar muy bien. Esta producción de Dino De Laurentis, que debería ser reconocida como clásico de los ochenta, jugaba con los tópicos más burdos que han corrido acerca del mal que anida en la parroquia de las guitarras eléctricas (¡los mensajes satánico de los vinilos reproducidos al revés!) para, en realidad, hacer un homenaje a los jevis, seguramente la tribu urbana que recibió los palos más inmerecidos por parte de la sociedad biempensante durante la década de marras. Salía Gene Simmons haciendo de locutor y pinchadiscos de la radio, pero quien se lleva el gato al agua es Ozzy Osbourne con su cameo como predicador que lucha contra los peligros a los que se ven expuestos los seguidores del heavy metal.

Slumber Party Massacre II (1987)

Iniciada en 1982 por la directora Amy Holden Jones y la novelista Rita Mae Brown, es una de las trilogías slasher más singulares e incomprendidas de todos los tiempos: concebida con ánimo de chufla, aunque los productores no lo vieran así, y con una orientación feminista casi imposible de concebir en aquella época dentro del cine comercial, merece sin lugar a dudas una desprejuiciada relectura critica. En la segunda parte, la única superviviente de la primera monta con unas amigas un grupo y se ve amenazada en sueños por el asesino de la primera parte, quien se ha convertido en… ¡un macarra greaser en versión ochentera! Lo mínimo que se le puede pedir a un argumento demencial de esos que se disfrutan sin pestañear son situaciones locas como estas, ¿no?

Rockula (1990)

Si tenemos a Blacula (el Príncipe de las Tinieblas adaptado a los modos del blaxploitation, Duckula (una especie de pato Donald en versión no muerto, aunque sea vegetariano) y Brácula (un Chiquito de la Calzada desatado), ¿por qué no a Rockula? La Cannon preparó su filme vampírico-cachondo en la época en qué empezaron a arreciar los problemas financieros de la compañía y no la estrenó hasta casi dos años después de estar rodada, en pocos cines. Tampoco tuvo mucho recorrido en el mercado del video. Como suele suceder, ahora se reivindica. ¿Con o sin razón? Que juzgue el espectador moderno. En cualquier caso, ver en pantalla a un músico tan mítico como Bo Diddley, acompañado de su guitarra cuadrada, siempre es una alegría. La protagoniza Dean Cameron (Juerga tropical) y dirige Luca Bercovici (Ghoulies).

Suck (2009)

Rareza canadiense que tal vez se convertiría en obra de culto si tuviera más difusión. Dirigida, escrita y protagonizada por el cómico Rob Stefaniuk, centra su atención en una banda que recorre sin éxito clubs y clubs de Norteamérica, hasta que a la bajista (Jessica Paré) le muerde un vampiro y, entonces, empieza a crecer el número de seguidores del grupo. Todo sea por el triunfo… Tienen más peso en ella la parte cómica y musical, con la gran baza de un elenco en el que el mítico Malcolm McDowell (haciendo del enésimo descendiente de Van Helsing) está acompañado por Alice Cooper y su hija Calico, Iggy Pop, Henry Rollins, Moby y Alex Lifeson, el guitarrista de Rush.

Deathgasm (2015)

Cabría considerar esta película neozelandesa como una revisión de lo que hizo treinta años antes Muerte a 33 revoluciones por minuto: una sana reivindicación del mundo del metal y sus mitologías. Eso sí, con una buena razón de gore. Como si el Peter Jackson de los primeros tiempos se fuera de concierto y se pusiera a dar cabezazos en el aire para contar la historia de dos marginados que tocan inconscientemente la pieza medieval El himno negro y, claro, terminan invocando la presencia de un demonio. Dirige Jason Lei Howden, profesional de los efectos especiales que después firmó Guns Akimbo.

Studio 666 (2022)

Estrenada pocas semanas antes de la muerte del batería Taylor Hawkins, es la película protagonizada por los Foo Fighters haciendo de los Foo Fighters. Pero no es una autobiografía real, sino una fantasía diabólica en la cual David Grohl (autor de la historia original) y sus compañeros de grupo se van a grabar su nuevo disco a un casoplón californiano donde muchos años atrás el cantante de otra formación hizo una escabechina con sus músicos. Esta banda ficticia se llama Dream Widow y Grohl, continuando con el juego narrativo, ha comercializado en un EP sus ocho canciones. Por cierto, aparte de haber compuesto el tema principal del filme, John Carpenter hace un cameo como ingeniero de sonido. ¡Y también sale Lionel Richie interpretándose a sí mismo!

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