En la primera parte de Lo que nunca volverá: la infancia en el cine se han reunido los comentarios sobre sesenta y tres películas de todo el mundo y de todas las épocas cuyos personajes centrales son niños o niñas. Estos nos devuelven una visión de la sociedad en el momento histórico en que se desenvuelven sus historias, pero también una visión de los adultos con los que viven. Se han establecido, para ordenar dicho conjunto de películas, cuatro líneas temáticas maestras: los dos mundos, la infancia en soledad, el futuro de los pueblos, y la infancia como acto de rebelión. He aquí algunos ejemplos que aparecen en este libro colectivo, que cuenta con la participación de una veintena de autores:
Sammy, huida hacia el Sur (Alexander Mackendrick, 1963)
«Sammy empieza su proeza como un niño mimado, de buena familia, inocente, incapaz de comprender el mundo que le rodea, pero se va endureciendo conforme supera retos y decepciones. Llegado un momento, el camino hacia el sur se convierte para él en una obsesión, en un destino que debe cumplir, y reniega de toda ayuda, de todo intento de su familia, sus amigos o las autoridades coloniales por ahorrarle parte del periplo. A su modo y en otra escala está imbuido del mismo espíritu que alienta al Lope de Aguirre de Werner Herzog (Aguirre, la cólera de Dios, 1972) o al capitán Willard (Apocalypse Now, 1979) de Coppola». Miguel Martorell.
Shonen (El muchacho) (Nagisa Ōshima, 1969)
«Sigue los pasos de una familia sumida en la delincuencia, que se dedica a perpetrar estafas por todo Japón utilizando a su hijo Toshio (Tetsuo Abe, seleccionado por el propio Ōshima en un casting en orfanatos y otros centros de acogida de menores), a quien impelen a arrojarse al paso de vehículos con el fin de extorsionar a sus conductores y obtener de ellos pingües sumas a cambio de evitarles líos con la policía» Álvaro Peña.
E.T. el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982)
«Más allá de otras consideraciones, si la cinta pudo convertirse en un clásico instantáneo del cine infantil fue porque, al verla, los niños de los años ochenta (sus espectadores potenciales) reconocimos de inmediato a Steven Spielberg como uno de los nuestros. Y aunque no supiéramos verlo entonces (el cine, decíamos, es un oficio complejo, y sus sutilezas están lejos de la capacidad de comprensión de una mente de seis u ocho años), todo se reducía a una cuestión de puesta en escena. Una muy concreta, además, y de asombrosa simplicidad…». Juanma Ruiz.
Laurin (Robert Sigl, 1989)
«En términos generales, la atmósfera creada por Sigl es pesadillesca. Al funcionar la puesta en escena y la fotografía en consonancia con las propiedades del gótico decimonónico, en cuanto al tratamiento de la luz predominan las escenas nocturnas y crepusculares o la neblina. Son frecuentes los claroscuros en interiores iluminados por lámparas de aceite, candelabros o ventanas». Laura Pavón.
Osama (Siddiq Barmak, 2003)
«A través de la dramática historia que narra, Barmak pretende mostrar un contexto general de opresión femenina que se sufre desde la infancia. Aunque se relata el padecimiento íntimo de una niña obligada a ser lo que no es, el filme suele situar a su protagonista en planos medios o generales, que incorporan lo que ocurre a su alrededor y que reflejan los efectos de una dictadura inmisericorde». Jesús Cuéllar.
El niño de la bicicleta (Jean-Pierre y Luc Dardenne 2011)
«Los Dardenne filman, pues, en el mismo lugar en el que suceden sus otras historias, protagonizadas por jóvenes algo más adultos que han perdido, quizá, la inocencia en su manera de mirar. Pero, al adoptar el punto de vista de Cyril, hay aquí más pureza, más sencillez en un relato que evita convertirse en un trágico drama social sobre las consecuencias del abandono, y se erige sin embargo en un hermoso, duro y veraz cuento sobre la infancia». Cristina Aparicio.
La vida de Calabacín (Claude Barras, 2016)
«Los chiquillos del centro de acogida han ido un fin de semana a esquiar y, mientras el monitor les ata bien los esquís, observan que una madre hace lo mismo con su hijo y remata la acción cerrándole el anorak y cubriéndole las orejas con el gorro. Cada uno de los niños hace un comentario; y el último es sobrecogedor: «Las mamás ya no son para nosotros». En la película todo se resuelve sin palabras, y al plano en el que observamos a la mujer y su hijo, quienes acaban mirando a quienes los miran, le sigue otro, general, con el grupo de huérfanos en silencio y sin apenas moverse, solo con algún gesto casi imperceptible en señal de derrota y los parpadeos, mientras la cámara retrocede pausadamente». Santiago Alonso.


