En conversación con quien esto escribe, hace años el director francés Christian Carion, hablando sobre su filme Mayo de 1940 (2015), no dudaba en expresar afirmaciones tan rotundas acerca de Ennio Morricone, con quien acababa de trabajar: «No es un compositor de música de cine. Él es el cine. Forma parte del ADN del cine mundial». Y al detallar cómo se había desarrollado la relación profesional con el italiano, y viéndose en la complicada tesitura de tener que elegir entre la hora de música que le había entregado, explicó una hecho que ejemplifica la dimensión creativa que pueden alcanzar los compositores en la elaboración final de un película: «Desechar treinta y cinco minutos de música de Morricone no es nada fácil. Me guie por algo que él mismo me dijo. Que la película no era bélica y que por esa razón la hacía. Que tan solo transcurría dentro y durante la guerra, y su objetivo era escribir una música para un pueblo que se encamina hacia la libertad. Mientras yo montaba tenía esa frase en la cabeza y mantuve todas las partes de la partitura relacionadas con el pueblo caminante».
Hay relatos personales como este a decenas, de boca de otros tantos directores, en Ennio, el maestro, el fastuoso documental dedicado a la figura de Morricone que dirige Giuseppe Tornatore, un cineasta que contó siempre con su música desde la segunda cinta que dirigió, Cinema Paradiso. Se trata de un repaso bastante concienzudo a la vida y la carrera de un artista genial que firmó más de cuatrocientas bandas sonoras y, debido a que marcó un antes y un después dentro de ese ámbito, se convirtió seguramente en el compositor para el cine más conocido del planeta; en alguien que demostró de sobra que los comentarios musicales originales que acompañan a las imágenes pueden resultar componentes básicos de este todo orgánico llamado película. Siguiendo como hilo conductor las extensas entrevistas que le hizo Tornatore ex profeso para este trabajo —un privilegio que le concedió en exclusiva el homenajeado— se traza un retrato fílmico que se inicia en la infancia y llega hasta el momento previo a la muerte de un Morricone que vivió un resurgimiento vital y profesional en sus últimos años de vida gracias tanto a ciertos reconocimientos que habían tardado en llegarle (véanse los Óscar que le negaron durante décadas) como a la estupenda acogida que tuvieron sus conciertos con orquesta en todo el planeta.
De este modo conoceremos al niño que se inició con la trompeta, el mismo instrumento que tocaba su padre; al joven que hizo el servicio militar y se ocupó de la banda musical; al entusiasta alumno del Conservatorio de Santa Cecilia que, entre otras disciplinas, estudio composición con el maestro Goffredo Petrassi; al arreglista mágico que está detrás de algunas de las canciones italianas más significativas de los años sesenta, como se pueden oír en grabaciones de Gianni Morandi o Mina para la RCA; al apasionado de la vanguardia y la improvisación como miembro del Gruppo di Improvvisazione Nuova Consonanza; y, por fin, al mago musical que entró en el mundo del cine por la puerta de atrás y en muy poco tiempo se convirtió en el rey. Un mago, por cierto, que creía no estar dotado para la melodía…
Para poder exponer semejante caudal de datos, historias y sensaciones se pone en marcha un auténtico festival cinéfilo, pues la cinta se va deteniendo en el «cómo se hizo» de un buen puñado de clásicos del séptimo arte, donde se unen a los comentarios del mismo Morricone otros pertenecientes a tres grupos de personas: a) la gente de la música: míticos instrumentistas que colaboraron con él (Edda Dell’Orso, Bruno Battisti D’Amario, Alessandro Alessandroni…) y colegas de profesión (Nicola Piovani, Hans Zimmer, John Williams…); b) los realizadores (una treintena larga de entrevistados, que va desde Bernardo Bertolucci hasta el propio Tornatore, desde Roland Joffé hasta Quentin Tarantino); y c) otras personalidades relacionadas con el mundo el espectáculo.
La cinta no solo cuenta con la participación directa del retratado y de tantas personas, sino que Tornatore ha tenido a su disposición las películas de las que se habla (en copias excelentes) para incluir fragmentos de ellas, así como la oportunidad de bucear a sus anchas en el Istituto Luce. Lo más importante, con todo, estriba en la capacidad del director para que no pese la presencia continua en pantalla de tantos bustos parlantes. Lo consigue, por un lado, entrelazando a menudo las declaraciones de varias personas, con lo que obtiene una especie de trepidantes diálogos mediante el montaje; por otro, presentando de la manera más eficaz y clara posible las explicaciones sobre cómo se compone o se filma.
Hay un equilibrio perfecto entre los aspectos informativos, técnicos y emocionales, si bien es muy fácil que estos últimos llenen de entusiasmo el ánimo de cinéfilos y melómanos durante no pocos momentos. Es imposible reducir la película a solo unas pocas ideas principales, pero desde estas líneas vamos a quedarnos con dos asuntos fundamentales que se repiten a lo largo de Ennio, el maestro. En lo tocante al cine, seguramente esté la relación especial entre Morricone y Sergio Leone, que culmina con el inaudito rodaje de Érase una vez en América, donde los temas, ya compuestos y grabados previamente, se reproducían al mismo tiempo que se filmaba, con la finalidad de que los actores «se metieran» completamente en la secuencia. Y respecto a la música, se incide en varias ocasiones en el rechazo mostrado por Petrassi ante el triunfo de su discípulo, al considerar que trabajar para el cine era una actividad de escasa categoría, impropia de los compositores cultos «de verdad». Dolido, el mismo Morricone interiorizó en cierta medida está infravaloración de su obra, hasta que término dándose cuenta de que su maestro estaba muy equivocado. Los 156 minutos del documental son asimismo el relato de cómo elevó sus bandas sonoras al nivel artístico más alto. Su obra también pertenece al ADN musical del siglo XX.


