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Un año más, desde Applehead Team queremos ofreceros una selección de títulos para celebrar Halloween de la mejor manera posible: pasando miedo y disfrutando de esas risas nerviosas que provocan los sustos y los desparrames de higadillos. Regocijémonos en el horror y la alegría de la violencia inofensiva con una serie de películas para un maratón de muerte, siete películas recomendadas por Pedro José Tena, cofundador de la editorial y autor de Demons: La pesadilla retorna, el libro con el que comenzó nuestra colección Noche de lobos.

Absurd: Terror sin límite (Rosso sangue, Joe D’Amato, 1981)

Comenzamos fuerte con una película italiana (cómo no) dirigida por el prolífico Joe D’Amato (alias de Aristide Massaccesi), un todoterreno que se arrimaba a cualquier lumbre que diera calor, en este caso la fiebre por el slasher que se desató entre finales de los setenta y comienzos de los ochenta y que también caló en el país de la bota una vez que el giallo había quemado sus (pen)últimos cartuchos. Con la complicidad de su habitual George Eastman (Luigi Montefiori), D’Amato perpetró una suerte de explotación de La noche de Halloween en la que un sujeto (sin máscara, pero con el rostro de Eastman) es sometido a varios experimentos que lo convierten en un ser prácticamente indestructible. Cuando escapa del laboratorio en el que lo han usado de cobaya humana, el sujeto se dirige a un pueblo en el que comienza la matanza. Tras él va un sacerdote que hace las veces de Sam Loomis y todo culmina en un caserón donde una canguro, un niño y una adolescente postrada en una cama tienen que intentar sobrevivir al acecho del súperpsicópata. La música de Carlo Maria Cordio hace mucho por elevar las cotas de suspense en una película llena de sordidez, con algunos asesinatos bastante bestias y un plano final de los que se quedan grabados en la retina. Servidor la prefiere a la mitiquísima Gomia, terror en el mar Egeo (Antropophagus, Joe D’Amato, 1981), de la que en algunos países se dice que ésta Absurd es secuela. Pero más allá de compartir protagonista/guionista y director, y de que la nacionalidad del psicópata sea griega, no hay ninguna conexión argumental.

El viento (The Wind, Nico Mastorakis, 1986)

Si hablamos de Grecia, no hay ningún embajador de las tierras helenas con la capacidad para provocar terror como Nico Mastorakis, un director de carrera irregular pero infatigable, y responsable de una de las películas favoritas de quien suscribe: Los Zero Boys (una mezcla de terror y acción, con más de lo primero que de lo segundo, que bien podría entrar en esta lista). Si ya con su primer largometraje (el salvajísimo Island of Death, de 1976) Mastorakis nos mostró el terror a plena luz del día en cada rincón de Miconos, diez años después fue capaz de sacar también provecho de otro paraje que, en circunstancias normales, podría parecer idílico, pero que, en manos de Mastorakis, acaba convirtiéndose en un laberinto de pesadilla. Hablamos del pequeño pueblo de Monemvasía, la antigua fortaleza medieval de la que solo se puede entrar y salir por un puente. Hasta allí se desplaza una escritora especializada en novela negra (interpretada por Meg Foster con su siempre hipnótica mirada) para encontrar la paz e inspiración que le permitan acabar su nueva obra. El problema es que el chico para todo contratado por el dueño de la casa donde se hospeda la escritora es un zumbado con tendencias psicopáticas, interpretado por un Wings Hauser hasta arriba de cocaína. Por si fuera poco, la heroína debe sobrevivir también a la amenaza del viento, mostrado casi como si fuera un ente sobrenatural. Mastorakis se lo pasa en grande con sus cámaras lentas, sus travellings frontales hacia personajes a contraluz y su fetichismo por las armas (aquí, una hoz y una escopeta). Y nosotros no podemos hacer otra cosa que celebrarlo.

El diablo metió la mano (Idle Hands, Rodman Flender, 1999)

La década de los noventa es a menudo denostada por el núcleo duro de los fans del terror. Y quizá es cierto que, en comparación con décadas previas, no hubo tantos títulos memorables, y los que había resultaban algo más descafeinados que los que habíamos visto antes. Pero no deberíamos tomarnos tan a la ligera un decenio que nos ofreció la oportunidad de volver a ver slashers en pantalla grande y en el que surgieron anomalías como ésta joya protagonizada por Devon Sawa, Jessica Alba, Seth Green, Vivica A. Fox y Elden Henson. Subiéndose un poco a la ola de lo meta provocada por Scream, El diablo metió la mano llegó como un soplo de aire fresco dentro de un grupo de películas que empezaban a parecerse demasiado a sí mismas, porque ya nos habíamos cansado un poco del humor del listillo de la clase que era Kevin Williamson y queríamos disfrutar de chistes de pedos y porros como los que escribieron Terri Hughes Burton y Ron Milbauer (hoy en día están muy solicitados en televisión) en esta película. El resultado es algo así como una película en la que John Hughes dirigiera a unos aspirantes a Cheech & Chong y quisiera homenajear a John Landis, Sam Raimi o George A. Romero, con un ritmo endiablado y sus raciones de splattstick. Casi como si fuera el equivalente en los noventa a El terror llama a su puerta, cinta de la década anterior.

El terror no tiene forma (The Blob, Chuck Russell, 1988)

¿Qué tal un poco de ciencia ficción con monstruo y efectos especiales alucinantes? Todos sabemos que los cincuenta fueron a los ochenta lo que los ochenta a la década del 2000. Y a la del 2010. Y a la del 2020. Es decir, el lugar feliz al que los creadores miraban cuando querían crear sus propios terrores, dejándose llevar por la nostalgia de tiempos más inocentes (o que ellos recordaban como tales). En el lejano 1958 se estrenó La masa devoradora (The Blob, Irvin S. Yeaworth Jr.), y treinta años después llegó este arrollador remake dirigido por el mismo tipo que venía de revitalizar la franquicia de Pesadilla en Elm Street con la tercera parte de la serie, Chuck Russell. El pobre Russell se gana hoy el pan como puede, ya sea rodando subproductos para John Travolta o yéndose a la India a mover la cámara a mayor gloria de Vidyut Jammwal. Pero en los ochenta se marcó dos auténticos hitos que nos hicieron chorrear de gusto tanto a los fans de Freddy como a los que disfrutamos de los FX gelatinosos, las maquetas, los malotes con moto y la belleza de Shawnee Smith (a quien los millennials conocerán por ser Amanda en la saga Saw). La película protagonizada por Steve McQueen en 1958 estaba bien, pero esta versión hipervitaminada que es El terror no tiene forma se la come con patatas (fritas).

La casa del terror (Haunt, Scott Beck y Bryan Woods, 2019)

No podemos dejar de incluir en esta lista una película ambientada en Halloween. Tampoco una de casas encantadas (más o menos). Ni una con payasos asesinos. Podéis tachar todas esas casillas si entráis en La casa del terror, una de las películas del género más divertidas que he podido ver en los últimos años y que, en comparación con otras como Hell Fest (Gregory Plotkin, 2018), demuestra que hay que ser muy hábil para hacer un mejunje con todos esos elementos y que la cosa salga bien. Los directores y guionistas son los mismos que escribieron esa delicia que es Un lugar tranquilo (A Quiet Place, 2018), pero Haunt no tiene nada que ver con la cinta dirigida por nuestro querido John Krasinski: aquí todo es ruido y furia y, además, triunfa donde Hell Fest fallaba más. Esto es, resulta memorable. Y no solo por acumulación, sino porque conjuga muy bien todos los elementos y es el punto de unión perfecto entre La casa de los horrores (The Funhouse, Tobe Hooper, 1981) y las yincanas sangrientas tipo Saw y derivados. 

Historia de lo oculto (Cristian Ponce, 2020)

Una de las grandes sorpresas de la temporada pasada fue esta modesta y pequeña película argentina en blanco y negro sobre la que conviene no desvelar demasiado. Narra lo que ocurre en un canal de televisión durante la emisión de la última entrega de un programa de debates, en el que se va a desvelar algo de suma importancia que podría cambiar nuestra percepción de la realidad y que podría (o no) estar encubierto por el gobierno. Y hasta ahí puedo leer. Solo añadiré que tiene un ritmo potentísimo, una atmósfera enrarecida y onírica y algunas escenas capaces de dar miedo al más valiente. Si he conseguido llamar vuestra atención y sentís curiosidad por verla, ahorraos el tráiler. Si todavía no estáis convencidos del todo, animaos a visionar el avance y preparaos para ser abducidos. La tenéis en un par de plataformas de streaming. De nada.

La reina de la magia negra (Ratu Ilmu Hitam, Kimo Stamboel, 2019)

Terminamos la maratón con la película que quizá ofrezca mayor cantidad de gore de todo el lote. Esta cinta indonesia es un remake homónimo de otra estrenada en 1981 y que, confieso, nunca he llegado a ver. Si no me equivoco, leí sobre ella en el glorioso libro Mondo Macabro de Pete Tombs y durante los créditos finales de esta nueva versión insertan imágenes de la original. De cualquier manera, es probable que tengáis más fácil acceso a esta actualización de una historia de brujería y fantasmas que tiene muy claras sus intenciones: coger al espectador por la solapa y zarandearlo con violencia desde el primer al último minuto. Un carrusel de sustos, espectros, bichos y mal rollo generalizado que ningún fan de las emociones fuertes debería dejar pasar y que supone un colofón inmejorable para estas siete propuestas con las que celebrar Halloween.

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