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Al igual que en otras partes del mundo, en Italia surgieron a mitad de los años veinte del siglo pasado serios debates acerca del futuro que le deparaba al invento que, en muy poco tiempo, se había convertido en arte: el cinematógrafo. Eso implicaba preguntarse y reflexionar sobre cuestiones técnicas y problemas expresivos. Fue el momento en que empezaron a participar los intelectuales en las conversaciones que habían iniciado los profesionales de la joven industria. Y en verano de 1929, cuando todo empezaba a cambiar ya para siempre, arreció la discusión más importante de aquella década y, probablemente, del siglo y pico de existencia que lleva el cine. Veamos dos apasionantes textos, e importantes quizás por lo bien que están expuestas sus ideas, que se publicaron entonces a propósito de la llegada del sonoro.

El 12 de junio apareció en un diario parisino un artículo escrito por Augusto Genina (1892-1957), y casi una semana su traducción al italiano, donde quien fue un importante director de la época —hoy caído en el olvido; suyas son, por ejemplo, Cyrano de Bergerac (1923), Cielo sobre el pantano (1949)— se mostraba entusiasmado, rendido de emoción ante la gran novedad. Lo rescata Steve Della Casa en su muy sugerente Splendor. Storia (inconsueta del cinema italiano), un libro en cuyo el segundo capítulo el escritor recoge este momento capital en la historia del cine a través del caso de su país:

Un reino acaba… y otro empieza. Mientras, la película muda muere, nace la película que habla. Se lamentarán por el cine que desaparece los que amaban su silencio evocador de sueños y de imágenes… pero este muere definitivamente… ¡para transformarse y renacer de golpe con una vida inesperada, insospechada y maravillosa! […] La voz humana y la música actúan como sus madrinas, y a juzgar por el éxito y la fuerza de sus primeras palabras, de sus primeros sonidos, parece que el niño crecerá con una rapidez prodigiosa… con una prisa extraordinaria por hacerse mayor y poderoso.

Es la revancha del cine contra el teatro. Es la vida ultramoderna, mecánica, fulminante, salvaje, ávida, insensible y práctica que ha querido y quiere el cine hablado, una vida que impulsa la creación de un instrumento, como es el cine, con la capacidad de reproducirla fielmente y en serie. Es el momento de hacer estos filmes, y los mismos invadirán el mundo. Vilipendiado, despreciado y poco cuidado ayer, será mañana tal vez el vencedor absoluto… El tirano que tendrá al mundo bajo su ley.

Nosotros ya vemos los síntomas: en Londres genera un éxito propio de los milagros, más allá de cualquier previsión que se hubiera imaginado. Ninguna forma de espectáculo había obtenido hasta ahora resultados tan grandiosos. Los directores de teatros y music-halls están lógicamente preocupados. Cada día las recaudaciones experimentan sensibles bajadas, mientras que las de los cines, en los que se proyectan películas habladas, aumentan hasta el punto de alcanzar el record de ocho pases diarios, a precios triplicados y con entradas agotadas… […]

Por tanto, ni teatro ni cine, sino una fusión de dos clases de espectáculos. ¿El resultado? Una nueva forma de arte representativa que puede extrañar por su mecánica demasiado evidente y unas interpretaciones que parecen de cera, pero que, estoy seguro, son cuestiones que desaparecerán rápidamente: elefantiasis vocales, ninguna diferencia en las perspectivas sonoras, la desigualdad de la transmisión, etc. En el fondo, es la radio asociada al cine o, si preferís, más sencillo aún, la fotografía unida al fonógrafo. Y el resultado de esta asociación provoca un efecto sorprendente.

Se está repitiendo mucho cosas como las siguientes: la voz sale del cuerpo humano y no puede hacerlo de las imágenes; la fusión entre sonido y fotografía no puede existir; el cine es un arte visual, no contiene el lenguaje; las imágenes tienen que hablar por sí mismas; su fuerza es el silencio… el sugerir… la no expresión; no hay ninguna precisión, sino la atmósfera y sus cambios: el sueño… ¡El sueño!

Estas son las melancólicas reflexiones de los conservacionistas. Yo era como ellos antes de mi primer viaje a Londres, porque pensaba, con cierta reserva y no sin lamentaciones, que el arte mudo habría podido convertirse en un arte grande, por lo que yo no podía dictar su condena sin sentir una pena infinita. Pero en Londres, de golpe, cambié de opinión, porque tuve la oportunidad de convencerme de una hecho de importancia capital: el sobresalto que provoca la primera vez que se ve una película hablada no se parece en nada a la sensación de frialdad y aburrimiento cuando, después, se ve una película silente. Después de haber escuchado esas voces, pese a que provengan de sombras animadas, no se puede aceptar que esas mismas sombras abran y cierren la boca… ¡sin decir nada! ¡Es como si nos hubiéramos vuelto sordos! Ese silencio se hace insoportable, angustioso. Uno siente la tentación de grita con violencia: ¡Pero gritad! ¡¡Gritad!!

¿Y quiénes eran esos conservacionistas? Entre ellos destacaba uno muy singular. Porque sus razonamientos estaban muy a la altura que se espera en un debate de ideas. Y porque, lo más sorprendente, se trataba de una figura que no pertenecía al mundo del séptimo arte, sino al de la literatura y el teatro. El imprevisto defensor del cine mudo era, nada más y nada menos, que Luigi Pirandello (1867-1936). Al autor de Seis personajes en busca de autor y El difunto Matías Pascal le fascinaba el nuevo medio y las posibilidades expresivas que brindaba. Aparte de que se estrenaron varias adaptaciones de sus obras durante la década de los veinte, alguna de suma relevancia, el siciliano se planteó llevar a las pantallas una revolución similar que había capitaneado en las tablas años atrás. El intento solo dio como fruto una serie de agudas reflexiones teóricas, expuestas en piezas periodísticas y entrevistas. Las principales, probablemente, se pueden leer en el artículo «Se il film parlante abolirà il teatro», que apareció pocos días después del texto de Genina y que podía leerse como una refutación del entusiasmo generado por el sonoro. He aquí un fragmento más que revelador:

El error fundamental de la cinematografía ha sido, desde el principio, tomar un camino erróneo, un camino que no es propio de ella; es decir, el camino de la literatura. Y ahí se ha encontrado con una doble imposibilidad. Veamos:

  • la imposibilidad de evitarla;
  • la imposibilidad de sustituir la palabra;

Y esto provoca un doble daño:

  • un daño a sí misma, ya que no encuentra una expresión propia que esté libre de la palabra (expresa o sobreentendida);
  • un daño para la literatura, la cual, al ser reducida a algo que solo se ve, pierde por fuerza todos sus valores espirituales, esos que, para que se expresen completamente de un medio expresivo más complejo; es decir, la palabra.

Por eso, dar mecánicamente la palabra a la cinematografía no representa para nada un remedio a su error fundamental, porque más que sanar el mal, lo agrava hundiendo más profundamente el cine en la literatura. Con la palabra mecánicamente impresa en el celuloide, la cinematografía, que es la muda expresión de imágenes y lenguaje de las apariencias, se destruye sin remedio a sí misma al convertirse, precisamente, en una copia fotografiada y mecánica del teatro: una mala copia a la fuerza. […]

Es más que probable que estas disquisiciones estén ya muy desfasadas para muchos lectores y espectadores actuales, casi un siglo después del momento en que fueran escritas, y tras las revoluciones que ha vivido el hecho audiovisual desde entonces. Y máxime, además, cuando tan solo un año después, en 1930, el mismo Pirandello se desdecía a sí mismo, tal y como escribió en una carta personal:

El avenir del arte dramático y hasta el de los escritores de teatro se encuentra ahora ahí. Es necesario orientarse hacia esa nueva expresión de arte: la película hablada. Estaba en contra, pero he cambiado de idea.

Con todo, aún hoy, no es difícil que sigamos pensando en las cuestiones que exponía antes este literato italiano y no sintamos una suerte de insólita añoranza —insólita porque nos hemos criado en época muy posterior— por esa imágenes que «tienen que hablar por sí mismas», cuando disfrutamos con una pieza rodada hace cien años. O cuando, viendo un filme sonoro, se nos enciende la chispa —que acaba generando en nosotros una llama de admiración— y nos damos cuenta de que si se fuera el sonido, nos enteraríamos a la perfección  —igual o… ¿acaso mejor?— de lo qué se está contando en pantalla.

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