«Se entrena solo.
Es taciturno y ceñudo.
No habla con nadie en ese gimnasio.
A menudo lo miro y aprecio el esfuerzo que pone en sus ejercicios, el empeño en aumentar de peso con el control de la báscula y en someterse a ritmos constantes. Es moreno, de pelo rizado y muy largo. Parecería una mujer, con esa cintura estrecha y esas piernas largas, si no fuera porque mide casi dos metros y es anchísimo de hombros».
Así cuenta Enzo G. Castellari en sus memorias, El cineasta se rebela, las primeras impresiones acerca del chico que conoció en el mismo gimnasio donde estrenaba y que fue, al poco, el protagonista de 1990: Los guerreros del Bronx (1982), tal vez el largometraje más importante del último tramo de su filmografía. Hablamos, claro está, de Marco De Gregorio, mundialmente conocido por su nombre artístico, Mark Gregory, y estrella fugaz pero muy querida del cine acción de los años ochenta. Sin haberse planteado jamás probar suerte en la actuación, acabó siendo la versión itálica de un héroe atlético que valía igualmente para las aventuras posapocalípticas y las hazañas bélicas a la usanza de la época, mitad Rambo sin inflar, mitad figurín (de pecho, ahí sí, hinchado) cuyas posturas imitaban con entusiasmo los chavales de la época.
La propuesta de Castellari gustó de inmediato a Fabrizio De Angelis, el productor, y así dio comienzo la carrera de aquel misterioso joven romano, cuando bordeaba la mayoría de edad. El apelativo de misterioso es una apreciación compartida por muchos de los que le trataron —dicen que era un chico reservado que arrastraba continuamente un gran descontento—, alimentada, además, tanto en aquella época como en la actualidad, por la poquísima información fiable existente sobre su vida y personalidad. A su descubridor le sorprendió siempre el comportamiento tristón y reconcentrado de Marco. Nunca entendió que no aprovechara la oportunidad que le ofrecían, por muchos problemas familiares que tuviera, circunstancia indicada por el director en su autobiografía, aunque sin ofrecer detalles. «¡Piensa en cuántos querrían estar en tu lugar!» le espetó la noche en que, durante el rodaje en localizaciones neoyorquinas de 1990: Los guerreros del Bronx, fueron invitados a la archifamosa discoteca Studio 54, donde se celebraba un fiesta en honor de Arnold Schwarzenegger por el preestreno de Conan, el bárbaro. Vio que el chico, que estaba conociendo a su ídolo, se mostraba visiblemente emocionado, pero poco más.
Tras el éxito alcanzado con su debut, el nuevo actor intervino en una extraña y «edénica» coproducción con España, titulada Adán y Eva, la primera historia, y retomó al personaje castellariano de Trash para la secuela, Fuga del Bronx (1983). A continuación vino la saga de acción y aventuras modernas Thunder —Trueno (1983), Thunder: Policía sin ley (1987) y Thunder 3 (1988)—; y los filmes bélicos Delta Force Commando (1987) —que ya solo con el título da muestra del espíritu explotador italiano en su máxima y esencial expresión—, La última misión (1988), Un maledetto soldato (1988) y Warbus II Afganistan (1989). ¿Y después? Nada, la desaparición absoluta. Marco se esfumó, se le perdió la pista. En palabras del actor Bobby Rhodes, con quien compartió pantalla en el último filme mencionado, y que recoge Giordano Michele en Giganti buoni. Da Ercole a Piedone (e oltre) il mito dell’uomo, sucedió lo siguiente: «Empezó a aborrecer el ambiente (cinematográfico) y se retiró… tal cual, de repente. Ahora trabaja como pintor y madonnaro. No sé qué es lo que le decepcionó y empujó a cortar por lo sano con todo. Una cosa sí es segura: no quería saber nada más del cine. Raro, porque Marco lo dejó justo cuando estaba en lo más alto, cuando empezaba a ganar bastante…».
A partir de ahí, la incógnita más absoluta. Y, por desgracia, las puertas abiertas a la extensión de informaciones poco o nada contrastadas, sobre todo después de la llegada de internet, el muladar donde a menudo fermenta la especulación sin filtro, la falsedad y la estupidez. A día de hoy no existe constatación oficial por parte de posibles familiares ni investigación periodística contrastada que concluya qué fue de Marco De Gregorio, pero sí muchos rumores, ya sea de su vida pasada previa a su paso por el cine, ya sea de la posterior. Que si está vivo o muerto, que si en realidad no nació en Roma sino en tal o cual ciudad, que si alguien lo vio aquí o allí, que un amigo lo conoció o un primo sabe fehacientemente que trabaja en no se sabe dónde.
La única fuente que parece más fiable, al menos por el rigor y la dedicación demostrada durante años de investigación, es el trabajo del bloguero Roberto Zanni. En una primera publicación de 2012, Zanni se propuso recoger y filtrar toda información disponible acerca de la biografía y el paradero del malogrado interprete, para, después, ir confirmándola o desechándola. Estas eran algunas cuestiones que exponía:
- Antes de convertirse en actor trabajaba en una zapatería
- No nació en Roma, sino en Bolonia.
- Dejó el cine para irse a trabajar de pintor de casas a Copenhague.
- La versión de Rhodes: dejó el cine para dedicarse a la pintura artística y ejercer como madonnaro. Según una costumbre arraigada en Italia, los madonnari son una clase de pintores callejeros que pintan en las calles, generalmente, y de ahí el nombre, imágenes de la virgen.
- Su padre alcohólico le creo diversos problemas durante su etapa en la actuación.
- Su madre murió en una situación misteriosa.
- Entró en una comuna jipi.
- Trabaja en un restaurante de Roma. Otras voces dicen que en un establecimiento de comida rápida.
- No se da con él porque se suicidó.
- Ahora es un empresario de éxito.

Mucho tiempo después, el 4 de marzo de 2022, Zanni publicó en exclusiva, en un texto escrito junto con Massimo Bianchi, el resultado de sus descubrimientos realizados en los últimos diez años. Y, lamentablemente, fueron trágicos, porque daba la noticia del suicidio hace una década de Marco De Gregorio, acaecido a principios de 2013. Una circunstancia que, paradójicamente, desmentiría la primera noticia de que se había quitado la vida antes de 2012, fecha en la que Zanni recogió la posibilidad por primera vez.
En su texto, el bloguero da por buenos ciertos datos y añade información de la que no se disponía hasta ahora, para empezar un matiz sorprendente: existen tantas sombras en torno a esta persona, que ni siquiera se conocía bien su nombre hasta ahora: «De Gregorio» y no «Di Gregorio» como todos hemos dicho y escrito hasta ahora, empezando por el mismo Castellari. Parece cierto que decidió dar un volantazo a su vida y dedicarse a lo que siempre fue su pasión, el dibujo y la pintura; de hecho, se indica ahora que su padre era también artista, pintor y escultor. Varias personas (aunque el artículo no especifica quiénes) lo atestiguan, así como que uno de sus temas más queridos era la figuración de la Virgen. Se corroboraría la versión de Rhodes.
A principios de los 2000 seguía viviendo en la capital, concretamente en el barrio de la Tuscolana, hasta que fue víctima de una estafa (un hecho, sin embargo, no confirmado por Zanni) que le hizo perder todo y, en consecuencia, alejarse de su familia. Se marchó a Castel Madama, una localidad del Lacio que no llega a los 8000 habitantes y es conocida por acoger todos los meses de julio un feria renacentista que homenajea la entrada de Margarita de Austria (la hija de Carlos I de España y V de Alemania) en el que fue su feudo. Marco adquirió una pequeña vivienda en la parte vieja, donde se alojó con su vieja guitarra y poco más. Su presencia se hizo notar de inmediato y le empezaron a conocer como el Gigante Bueno. Si bien se mostraba bastante huraño y evitaba el contacto con sus vecinos, dejaba traslucir una actitud tranquila y pacífica. Normalmente lo veían solo cuando cogía el autocar para vender sus pinturas en Roma. Se cuenta incluso, un episodio muy particular: un año, durante las celebraciones de la mencionada feria, se produjo un fuego accidental muy cerca del lugar donde se almacenaba todo el material pirotécnico y fue Marco la persona que apagó las llamas y evitó el desastre.
Siempre según el relato de Zanni, el exactor fue cayendo paulatinamente en la marginalidad, precisando con el tiempo de la ayuda de los servicios sociales. El hundimiento anímico terminó reflejándose en su obra, ahora de tonos oscuros y con la inquietud como característica que domina los rostros que aparecen en ella. Y el final llegó el 31 de enero de 2013, día que el artista se suicidó ingiriendo una combinación de psicofármacos. El ayuntamiento corrió con los gastos del entierro, al que solo asistieron funcionarios municipales; ni parientes, amigos o conocidos, a excepción de una (como no podía ser, tal vez, de otra manera en esta historia) misteriosa muchacha alta y con larga melena, que no paró de llorar durante la ceremonia.
El bloguero termina su pieza con una foto sacada en un cementerio: se ve tan solo una modesta cruz de madera y una pequeña placa sin referencias específicas más allá de un nombre, «Marco de Gregorio», y las fechas de nacimiento y deceso. La primera coincide con los datos conocidos. A modo de única confirmación de la veracidad de la existencia de dicha tumba, un fan inglés del actor voló a Italia y se acercó en bicicleta a Castel Madama, para rendir homenaje al fallecido, tan solo nueve días después de que Zanni publicara la entrada. Colgó un vídeo a modo de prueba.
Desde entonces, la comentarios de ambas publicaciones se han llenado de personas personas de medio mundo que recuerdan a aquel particular héroe que les alegró las tardes, hace muchos años, a niños y jóvenes en las salas de cine o en sesiones caseras tras haber pasado por el videoclub del barrio. Eso sí, nadie ha revelado nuevos detalles o descubrimientos tirando de este hilo. Tampoco se han encontrado o enseñado muestras de su obra pictórica. Es lo más cerca que estamos de una versión oficial y confirmada. En cualquier caso, esta editorial se une al homenaje y el recuerdo que se han producido en los últimos meses, siempre de manera individual y muy sentida, por personas anónimas o que no le conocieron en vida.
Gracias, Marco, por el disfrute cuando vimos y cuando vemos aún tus películas.
(Dedicado a mi amigo David G. Panadero, que me puso sobre la pista y, además, realiza como nadie la característica pose de Mark Gregory. Y a mi amigo Giorgio Simoni, que me confirmó que en el mundillo romano del cine no circulan otras informaciones más allá de las publicadas por Zanni; y que también me recordó que en 2009 estuvimos en la feria de Castel Madama y que quién sabe si hasta pudimos cruzarnos sin saberlo con Marco De Gregorio)

