Por Juan Damián Pardo
¿Cuándo se hace el pasado parte del futuro? En Hollywood y sobre todo últimamente, todo el rato. Cuando Disney hizo efectiva la adquisición de 21st Century Fox en marzo de 2019, se llevó con ella algo más que esa máquina de hacer dinero que es la saga Avatar o los derechos de aquellos pocos personajes de Marvel Cómics que todavía no estaban bajo su poder como los Cuatro Fantásticos o los X-Men. Con vistas a esa Disney+ que iba a ser su gran lanzamiento a finales de año (y que ya ha demostrado ser capaz de darles más disgustos que alegrías), el Ratón necesitaba urgentemente una sitcom icónica de larga duración cuyo catálogo de episodios hiciera engordar a lo bruto la cantidad de minutos que los suscriptores pudieran pasar en la plataforma. Y ese era el caso, cómo no, de Los Simpson.
Con treinta temporadas completas estrenadas en mayo de 2019, Los Simpson comenzaba así su cuarta década de serie en solitario con el refuerzo de una Disney que se encontraba, precisamente, en un momento vital bastante provechoso. No se podía decir lo mismo de la familia afincada en Springfield, que estaba cumpliendo más o menos diez años desde la última vez que la crítica o el público medio le había prestado atención como algo más que una reliquia ya agonizante todavía en la parrilla. O más bien, como una reliquia ya agonizante todavía en la parrilla que, de algún modo, seguía haciendo datos de audiencia decentes y resultando rentable.
Tampoco habían mentido a nadie. Durante sus primeras temporadas de emisión por Estados Unidos allá entre 1989 y 1992, Los Simpson competía directamente con la gigantesca institución televisiva que ya suponía La hora de Bill Cosby. Cuando la familia amarilla iba apenas por su tercer año de serie propia, los Huxtable cerraban el chiringuito tras ocho años apareciendo con regularidad en la caja tonta. Como obsequio por su entretenida rivalidad, Los Simpson les regaló el día del estreno de su último episodio una escena exclusiva que no se volvería a emitir jamás. En ella, Homer y Bart estaban sentados en el sofá viendo, precisamente, los créditos finales del último capítulo de La hora de Bill Cosby en NBC.
HOMER: Pequeño Theo, has crecido delante de nosotros.
BART: Papá, ¿cómo es que quitan La hora de Bill Cosby?
HOMER: Porque el señor Cosby quería parar antes de que la calidad se resintiese.
BART: Qué calidad ni colidod… Si yo tuviese un programa de éxito en televisión, lo exprimiría sin parar hasta reventarlo.
HOMER: Amén, hijo. Amén.
Se resume así perfectamente la intención de la familia Simpson casi desde el principio de su recorrido: ser una crítica feroz del establishment que, a la vez, sueña ante todo con convertirse en el establishment. Así que no queda sino preguntarse… ¿cuál es exactamente el hueco de los Simpson en la actualidad, si es que hay uno?
A lo largo de los últimos dos o tres años más o menos, un rumor ha empezado a aflorar por las redes sociales y los medios de comunicación, un cántico que parecía que mucha gente llevaba tiempo esperando pero que casi todo el mundo recibía con razonable escepticismo: «los Simpson nuevos vuelven a ser buenos».

Así lo parecían confirmar este extenso artículo de Randy Meeks para Espinof, la aparición del experimental episodio «Lisa, la boy scout» (Lisa the Boy Scout, 34×03) en la lista de los mejores capítulos de toda la televisión del año 2022 en la revista Rolling Stone, la publicación de un artículo del periodista cultural Jesse David Fox en la revista digital Vulture en junio de 2023, un videoensayo de setenta minutos de duración con un millón y medio de visualizaciones en YouTube que subió el usuario Super Eyepatch Wolf a mediados de octubre del mismo año, y otros muchos ejemplos. En enero de 2024, «La casa-árbol del terror XXXIII» (Treehouse of Horror XXXIII, 34×06) se llevó a casa el premio Emmy al Mejor Programa Animado del año; un logro que Los Simpson ya había conseguido en once ocasiones anteriores… aunque solo una de ellas había sido en la última década.
Y sí, Los Simpson lleva unos tres años en su mejor estado en mucho tiempo. Pero una matización más completa requeriría enteramente de saber qué consideremos «los Simpson buenos», y pasaría por esclarecer que ante todo lo que ha habido es un cambio de las prioridades dentro del equipo creativo. Esto es, un necesario soplo de aire fresco que ha dado pie a nuevas narrativas y, sobre todo, a un entendimiento más completo y por ello complejo de personajes que llevaban decenios encadenados en sus propios y repetitivos comportamientos. Tras veinte años de reinado de Al Jean como único showrunner o guionista jefe en Los Simpson, la llegada del también veterano Matt Selman como “nueva” fuerza creativa principal en dieciséis de los veintidós capítulos de cada temporada (recordemos que Los Simpson sigue teniendo casi dos docenas de episodios nuevos por año, y que lleva sin parar ese ritmo desde que empezó) ha revitalizado un programa que no deja de estar, a fin de cuentas, en su temporada número treinta y cinco.

Esto quiere decir, en definitiva, que es poco probable que el fanático de la serie que se ve incapaz de aguantar un capítulo entero posterior a la temporada diez (u once, o doce, o trece, o la que sea) vaya a ponerse uno de la temporada treinta y cuatro y de pronto sentir que por fin está viendo algo al nivel de aquello que tanto amaba. El cambio no es tan brutal ni drástico, ni ha habido un mágico retroceso a cómo se hacían las cosas en los noventa. Lo cual no quiere decir necesariamente que ahora «los Simpson sean simplemente mejores que lo que han sido últimamente, es decir, mejores que muy malos» o que «nos tenemos que conformar con lo que hay porque de menuda hemos salido». Quiere decir, más bien, que por fin Los Simpson ha conseguido una voz propia después de mucho tiempo que le hace tener validez crítica más allá del recuerdo constante de sus años dorados. Y lo ha conseguido, en definitiva, convirtiéndose en la misma serie que era… pero no.
Tras el estreno en 2017 del documental El problema con Apu, protagonizado por el cómico Hari Kondabolu, la serie se ha tenido que reinventar dentro de un mundo que ya le había dejado atrás. Y ahora de una forma que no solamente era crítica con lo que pasaba en el programa en la actualidad y su descenso de calidad… sino también con aquellos años que parecían intocables. Con Apu desaparecido en combate desde hace casi un lustro mientras (se supone) buscan qué hacer con él y con todos los personajes racializados cambiando en versión original su voz como respuesta, una nueva generación de guionistas entraban también entre 2018 y 2021 para ver qué se podía hacer en ese Springfield anclado en los noventa.
Capítulos dedicados a profundizar en personajes secundarios como Smithers, Duffman o Carl, como «Retrato de un lacayo en llamas» (Portrait of a Lackey on Fire, 33×08), «De la cerveza a la paternidad» (From Beer to Paternity, 34×07) o «Carl Carlson cabalga de nuevo» (Carl Carlson Rides Again, 34×14) respectivamente, quieren expandir el plantel de protagónicos de Springfield. Extender la vida de un programa que ya parece eterno extendiendo el número de personajes de los que poder contar historias completas. Sin olvidar de camino a Flanders o el señor Burns.

Ante tantos cánticos sonoros de Renacimiento o incluso de un apoteósico canto de cisne, creo que lo que podemos sacar de una manera algo más sensata de todo esto es la certeza de que Los Simpson se encuentra ahora mismo en un momento de descubrimiento propio. Después de unos merecidos tirones de oreja, es probable que se hayan dado cuenta ellos mismos por fin de que no les quedaba más remedio que adaptarse a ese mundo que cada vez les miraba más desde arriba. Y, a la vez, a perder el miedo que les hacía seguir atados al recuerdo de lo que ya pasó.


