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Queridos Bud Spencer y Terence Hill:

Hace mucho tiempo que tenía la idea de escribiros una carta para pedir perdón. Cuando era jovencito, es decir, hace ya muchos años, quería convencerme a mí mismo de que el cine tenía que ser sobre todo lo que ya por entonces se clasificaba con estrellas o puntuaciones, distinguiendo entre cine «de calidad», un definición boba, y otro cine considerado «de consumo», algo que parece estúpidamente presuntuoso. Ahora que he llegado a la edad en la que uno hace gala pacíficamente de algo llamado sentido común, sostengo la idea de que para salvar el mundo no solo será necesaria la cultura, ni tampoco solo la belleza, que no deja de ser una agradabilísima opción, sino que sabremos escapar al declive de la civilización si sabemos tomar el camino maestro de la alegría. Alegría como puesta en común de sentimientos agradables, ya que una buena, exquisita y honesta carcajada es también, y lo es con todas las letras, una obra de arte que sienta bien al espíritu, a la cultura y, asimismo, a la salud. Me hace feliz ver que se les concede el David di Donatello a la carrera 2010 a Bud Spencer y Terence Hill, magníficos actores y encantadores caballeros, inolvidables héroes de fantásticas aventuras, de jocosas ironías y sanas diversiones. Estarán siempre en nuestros corazones y en la historia de un cine de calidad sin estrellitas.

Ermanno Olmi

Con esta carta leída en público durante la entrega de los citados premios, y que muchos pudieron ver en directo desde sus casas, el director de las magníficas El empleo (1961) y El árbol de los zuecos (1978) culminó el merecido homenaje que por fin el cine italiano, después de tantos años, dio a dos de sus figuras míticas. Se trataba de un reconocimiento que, por otro lado, ya se lo habían dado a la pareja varias generaciones de espectadores, no solo en su país, sino en todo el mundo. Olmi describió con pocas y certeras palabras de disculpa la grandeza artística y humanista que contienen las diecisiete películas que hicieron juntos Bud Spencer y Terence Hill, algo extensible también a buena parte de las que hicieron por separado. El cineasta había trabajado con Spencer siete años antes en Cantando dietro i paraventi, una hermosísima cinta de piratas que desgraciadamente no se estrenó (ni aún hoy se ha comercializado) en nuestro país, una experiencia que derivó en sentida amistad entre ambos. De hecho, fue él quien promovió la candidatura al premio honorífico con vistas a realizar un acto de justicia en favor de Carlo Pedersoli y Mario Girotti, las dos personas detrás de esos nombres artísticos.

Esta carta, lo que significó la película para Carlo y las anécdotas del rodaje son solo una muy pequeña parte de todo lo que aparece en Bud, el emocionante libro de recuerdos que ha escrito Cristiana Pedersoli, su hija mayor. Empieza y acaba también con sendas cartas, en las que la autora se dirige a su padre, fallecido en 2016, diciendo lo que le echa de menos y subrayando cómo la filosofía de vida que él le enseñó es todavía la mejor herramienta para encarar el día a día: para Cristiana, la persona que todos conocemos como Bud Spencer fue el mejor de los padres y el mejor de los maestros. Y entre ambas misivas se abre un abanico de recuerdos personales con los que traza un retrato de quien, según las encuestas, es el actor italiano más conocido del mundo (y eso, que no se consideraba así mismo actor, sino un personaje).

Ya desde las primeras páginas, al lector le sorprenderá el hecho de que Spencer-Pedersoli fue mucho más que una estrella cinematográfica. Como índica Cristiana, no hay libro, biografía, película o documental que pueda recoger las miles de experiencias vividas por su padre, muchas desconocidas para los seguidores de su carrera en la pantalla. Hijo de una familia de industriales que se empobreció con la guerra y que emigró a América del Sur, fue campeón de natación y waterpolo que batió récords y participó en dos olimpiadas; trabajó en la construcción de la famosa Panamericana; pilotó aviones, helicópteros, barcos y remolcadores; fundó una compañía de envíos postales; inventó y registró objetos rarísimos; escribió y cantó canciones…

Ante tal cúmulo de experiencias variadas, reuniendo en una sola persona lo que podrían haber vivido cuatro o cinco, la perspectiva de Cristina Pedersoli es única por razones obvias. Además, le da a menudo voz a su propio padre, quien les que contaba a sus hijos historias y anécdotas extraordinarias vividas en primera persona. En Bud se habla de cine (con y sin Terence Hill), pero igualmente de todo lo que definía su figura: el espíritu perpetuo de aventura, no exento a veces de temeridad; la comida… ¡en cantidades ingentes!; la importancia de la familia; el concepto práctico de la existencia, que a su vez se ligaba a una espiritualidad con ecos ancestrales. En definitiva, la actitud ingobernable y la bonhomía.

El libro se cierra con unos apéndices muy especiales. Por un lado están las recetas de sus platos favoritos, un resumen biográfico, su palmarés deportivo, su filmografía y una lista de todos los reconocimientos recibidos tanto en vida como póstumos: Por otro lado, un doble sorpresa: un álbum fotográfico personal perteneciente a la autora y, como exclusiva de la edición española, una nutrida galería de carteles.

Un buen resumen de la esencia de Bud lo encontramos en una de esas facetas no tan conocidas para el gran público, la música, y concretamente en una canción cantada en napolitano, compuesta e interpretada por Carlo Pedersoli. Se trata de Futtetenne y se hace referencia a ella en varios pasajes concretos de la obra de Cristiana, el mejor homenaje a un persona que siempre nos hizo y nos hará reír:

Si te han robado el corazón

Y te estás muriendo de amor

Porque se ha marchado con otro

Y te ha dejado solo

Tú pasa

Hazme caso, tú pasa

Tú pasa

Hazme caso, tú pasa

Si te has empeñado hasta arriba

Para hacer tus negocios

Y tú amigos más queridos

Te han mangado todo el dinero

Tú pasa

Hazme caso, tú pasa

Tú pasa

Hazme caso, tú pasa

Si te miras al espejo

Y ves que has envejecido

Hazle una pedorreta

Y ríe, ríe, ríe

Ríe, ríe, ríe

Y tú pasa

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