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Difícilmente podíamos imaginar en 1996 que el estreno de terror de la temporada iba a seguir siendo motivo de conversación más de veinticinco años después. Scream tuvo una continuación casi inmediata que dio comienzo a una serie cinematográfica de azaroso desarrollo, hasta llegar a una nueva entrega en 2022 y a unos rumores de próximas que, como ya sabemos, dependerán de la taquilla recaudada con esta última. Más allá de su ejemplar manera de resucitar el slasher, un subgénero que parecía muerto y enterrado en la década de los noventa, mediante una ingeniosa propuesta metalingüística en la que los personajes discutían ante el público y vivían en propias carnes (nunca mejor dicho) las reglas de dicho subgénero, el tándem formado por Wes Craven y Kevin Williamson acabó creando una fórmula que, repetición tras repetición, ha resistido el paso de las decenios. ¿Los componentes? Aparte de la referencialidad y la autorreferencialidad, que solo atraen a los muy cafeteros, hay otros imprescindibles: el humor negro bien destilado; el saber reírse sanamente de las películas que mucha gente reverencia; las pinceladas satíricas que ponen en el punto de mira un mundo contemporáneo dominado por los medios de comunicación; y un esquema lúdico inagotable, el whodunit del argumento policiaco clásico. Así se genera una versión splatter y posmoderna de Se ha escrito un crimen que, entre otras cuestiones, aún se sigue sustentando bien pese a la a priori poco interesante idea de que, con cada historia, siempre habrá tras la máscara del asesino Ghostface una persona diferente (o personas).

Sin embargo, el tiempo añadió dos nuevos componentes que, aparte de asegurar la supervivencia de la saga, han abierto sus posibilidades. Por un lado, con cada nueva entrega se establece un obligado repaso al «estado de la cuestión terrorífica» del momento , es decir, a cómo evolucionan no solo el slasher sino el género de terror y hasta el cine de entretenimiento en general. Por otro lado, sobre todo debido la irrupción de internet, algo muy bien captado en Scream 4, la crítica sociocultural cobró fuerza.

Este conjunto de elementos aparece otra vez en la quinta entrega, un artilugio quizás demasiado pensado y rebuscado para contentar a todo el mundo, con el que se homenajea al fallecido Wes Craven mientras pone en solfa el conocido últimamente como terror elevado. En cualquier caso, el trabajo dirigido por Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett, que se titula Scream y no Scream 5 por una razón explicada en un escena concreta, funciona más o menos bien y renueva esa sensación de que contiene cambios respecto a las que firmó Craven, para que, al final, nada cambie. Eso sí, surgen las pregunta inevitables: ¿la fórmula no se resentirá del todo si la saga continúa?, ¿no se habrá estirado demasiado el chicle y se van a exceder las posibilidades elásticas que hasta ahora nos han sorprendido? Una solución para la próxima película es que hubiera por fin algún giro muy loco, puede que de tipo pirandelliano, en el que, por ejemplo, Sidney Prescott se le hinchen las narices y tenga una discusión con Kevin Williamson… ¿Y, si por el contario, tal y como nadie imaginaba en aquel año 1996, la cosa sigue funcionando en el futuro?

Mientras esperamos para saber si tendremos la número seis, hagamos un repaso a lo que han dado de sí Scream y su mundo:

Scream (1996)

Una de las maravillosas paradojas de definirla como la «original» es que de eso tenía poco, pues Williamson componía un puzle con lo que ya por entonces eran los grandes clásicos, con La noche de Halloween a la cabeza, una referencia esta última que, por cierto, sigue latiendo con fuerza en la quinta parte. Cuando ahora vivimos una época de cine cinéfilo, con miradas simplemente imitatorias al pasado, algo que resulta muy poco estimulante, el filme de Craven se presenta como una lección: de acuerdo, jugaba a las referencias, pero dejaba a la vez un buen puñado de momentos únicos que son marca exclusiva de la casa y pasaron a la historia de las películas de miedo.

Scream 2 (1997)

La casi inmediata secuela aportaba la sagaz pieza que ha permitido, en gran medida, que se haya podido construir todo lo ha venido después: los horribles crímenes cometidos en Woodsboro se convierten en un morboso true crime literario y, sobre todo, en una adaptación cinematográfica de gran éxito, Puñalada, que es un slasher y se convertirá en saga, por supuesto.

Scream 3 (2000)

Por presiones de los productores (la matanza de Columbine estaba muy reciente) se atemperó la violencia en la tercera parte, pero a la vez esta se convertía en un notable ejemplo de esa modalidad temática tan atractiva como es la del cine dentro del cine. De hecho, ciertas revelaciones periodísticas posteriores han acercado de manera particular el largometraje a la realidad, pues redimensionan los comentarios hechos en él sobre los abusos sexuales en la industria si recordamos que quien estaba tras la producción Scream 3 era… Harvey Weinstein.

Still Screaming: The Ultimate Scary Movie Retrospective (2011)

Ejemplo de documental sobre cine que no se ciñe a la aburrida reunión de información y entrevistas a la manera de una extra de deuvedé. Lo dirige Ryan Turek, un periodista especializado en terror y también productor que trabaja para Bloomhouse, quien traza un buen análisis de las tres primeras Scream. Estaría bien que Turek se animara a realizar una continuación con el resto de títulos filmados después.

Scream 4 (2011)

Aunque hubo seguidores que no le vieron la gracia, posiblemente es la mejor renovación hasta la fecha de los presupuestos originales. La primera secuencia, que siempre es básica en cada entrega, pues contiene el ataque inicial de Ghostface, rizaba el rizo en el apartado metalingüístico de manera magistral. Después, con un tono un poco más pesimista, se establecía un comentario social sobre la cultura de la fama y la exposición individual de nuestros tiempos internetizados, amén de una reflexión sobre cómo el amateurismo digital es el auténtico asesino: está matando al artista.

Scream – serie de televisión (2015-2019)

Bob Weinstein sentenció que el público joven al que iba dirigido este tipo de historias ahora estaba en la televisión. El resultado: tres temporadas sin relación argumental con las películas, y solo en la última aparece la máscara de Ghostface. No gustaron especialmente a los seguidores de la franquicia (tampoco a la crítica), pero sí generó un pequeño reducto de televidentes que lamentaron que no se mantuviera el camino tomado en la segunda temporada, la mejor con diferencia.

Scream (2020)

«Recuela» es el palabro que se inventan para denominar esta mezcla de secuela, reinicio y remake. De ahí que se titule oficialmente Scream, aunque se la considere a todos los efectos «la quinta». Está firmada por Radio Silence (que forman Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett junto con el productor Chad Villella), el colectivo responsable del mejor episodio de V/H/S y de la poco apreciada Noche de boda; en otras palabras, un grupo de cineastas a los que les gusta divertirse y mostrar que están jugando, una característica imprescindible para levantar una nueva Scream en condiciones. Ya hemos señalado que, para bien y bien mal, han querido contentar a todo el mundo, un hecho donde encontramos asimismo una clave de este nuevo relato, ya que se saca a colación el poder desmesurado de los aficionados en el ecosistema actual de la industria del entretenimiento. Añadiéndole a eso a) la manera en que se vuelve a incidir en cómo se ha desbordado la obsesión por las redes sociales y su poder destructor, y b) que los protagonistas vean Puñalada en un teléfono móvil, quizás no debería preocuparnos que haya o no otra Scream dentro de unos años, sino que directamente el mismo cine siga en pie.

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