Hacemos envíos de nuestros libros y camisetas a todo el mundo (We ship our books and T-shirts worldwide) y, además, ¡los envíos dentro de España son gratis!         Suscríbete a nuestra newsletter y síguenos en nuestras redes sociales para estar al día de todas las novedades.      Es fundamental acceder a las fichas de los libros para obtener toda la información, especialmente sobre los que están en preventa. Así podrás conocer detalles importantes, como las fechas previstas de lanzamiento.    Algunos títulos son exclusivos de nuestra web, al menos durante un período limitado de varios meses.

En la entrega más reciente de Scream, que, como ya sabemos, es una saga que siempre realiza una metarreflexión sobre las tendencias en el mundillo del género al que pertenece, una de sus punzantes chanzas están dirigidas contra el llamado «terror elevado». Y la idea no es caprichosa, porque ha sido un foco de debate entre aficionados durante las últimas temporadas, entre quienes echan pestes de las actitudes esnob que atribuyen a ciertos estrenos considerados como revolucionarios por sus creadores y quienes sostienen que, precisamente, existe una revolución que dignifica lo que antes, a su entender, no lo era. En la escena inicial de la cinta, Tara, que es la chica amenazada por teléfono por el nuevo Ghost Face, le dice que a ella lo que le gustan son películas de terror como Babadook, It Follows o Hereditary; más adelante, incluso, cuando compruebe en propias carnes que no se encuentra metida en una de ese tipo precisamente, sino en un slasher de los de toda la vida, se reafirma de manera muy contundente: «¡¡Sigo prefiriendo Babadook!!»

En una época en la que las opiniones sobre cualquier cuestión parecen haberse convertido en rocas inamovibles en las que se ha establecido un perpetuo conmigo o contra mí, el debate sobre «terror elevado sí» o «terror elevado no» termina siendo muy poco interesante, empezando por el hecho de que la tendencia de meter a priori en sacos las películas no sirve para nada, y terminando por que conviene reflexionar de vez en cuando sobre nuestro gustos y sus razones. De hecho, casi parece que enzarzarse en dicho debate solo sirve para ocultar otras cuestiones y otros síntomas quizás más importantes. Porque se puede subrayar que la abrumadora y, a la postre, aburrida voluntad de estilo de El faro la convierten en un irritante ejercicio hípster de muy poco alcance; pero también convendría señalar que el estreno que ha estado en boca de todos los aficionados en las últimas semanas, Scream, no deja de ser una quinta parte de una serie cinematográfica que, con independencia de resultados finales, solo existe gracias a los cálculos de la mercadotecnia: su director (Wes Craven) murió hace siete años y su escritor (Kevin Williamson) no ha escrito esta vez ni una línea. O por ejemplo: quien quiera puede discutir si importa más el «arte» (¿?), el olfato comercial (¿?), las convenciones genéricas (¿?) o la visión personal del director (¿?); pero puede que tenga más sentido preguntarse por qué una parte fundamental de los estrenos de 2022 van a ser: una de La matanza de Texas, la que cierre la trilogía contemporánea de Halloween, otra más de Destino final, una precuela de Depredador, una continuación tardía de la trilogía original de Posesión infernal, una nueva versión de El misterio de Salem’s Lot… mientas se celebra el recentísimo anuncio de que Scream 5 ha ido tan bien que van a filmar Scream 6.

Volviendo a los gustos de Tara, he aquí otro posible debate más sugerente, una propuesta para reflexionar. Al final, que el personaje prefiera Babadook a las películas de psicópatas con cuchillos no tiene tanto que ver con que haya espectadores (y conviene subrayar el ES, masculino plural) que tildaran al debut de Jennifer Kent de «elevado» sino que la directora, simple y llanamente, elaboraba el terror guiándose por unos desvelos y unos propósitos distintos a los de muchos directores y espectadores (ambos, de nuevo, con el ES subrayado). ¿Y si la cuestión es que la ruptura de los códigos de las películas de miedo por parte de Kent estaba basada solo en que hablaba desde una experiencia de mujer? Es curioso que esta película sumara tantos detractores —que ocho años después se siga hablando de ella en Scream 5 lo demuestra—, cuando es difícil negar que retomaba con nuevo ímpetu algunas premisas argumentales con solera, como el de la mujer acosada en el espacio hermético del hogar, o la fábula de los monstruos que acechan a los niños bajo la cama y dentro de los armarios. Y aún más, la cineasta demostraba ser una amante veraz del género con sus citas a, ¡sorpresa!, Mario Bava: atención, no solo estaban las explicitas, con la aparición de Las tres caras del miedo en la pantalla de un televisor, sino desde el mismo argumento, pues no se ocultaban las concomitancias con Shock.

Dejando atrás los clichés, Babadook contaba de manera ejemplar la pesadilla que amenaza con romper dramáticamente el problemático vínculo maternofilial que comparten la enfermera Amelia y su hijo pequeño Robbie. ¿Con qué finalidad? Con la de tratar —de manera bastante valiente, hay que decir— un asunto tabú, que no por velado dentro de nuestra sociedad, deja de existir: las sombras en la maternidad. O dicho de otra manera: con la finalidad de hablar de la maternidad fuera de representaciones fijas y estereotipadas donde todo es de color de rosa y se omiten las agitaciones emocionales que puede conllevar convertirse en madre. Algo que, no debería extrañar, quizás interese más a Tara y a otras espectadoras que el enésimo matarife enmascarado o un vociferante y barbudo Willem Dafoe dando berridos en un islote perdido.

Lo dicho, Babadook brinda —con independencia de que una vez vista guste más o menos, de que convenza o no— una excelente oportunidad para reflexionar sobre qué consideramos cine de terror y sus posibilidades; algo a lo que, eso no se puede negar, siempre invita también la saga Scream.

Spread the love
Wishlist 0
Continue Shopping