Director de tres referencias imprescindibles del cine de terror del último medio siglo —La última casa a la izquierda, Pesadilla en Elm Street y Scream—, el nombre de Wes Craven debe aparecer en cualquier análisis o charla sobre la evolución del género y su impacto sociocultural en Estados Unidos. El periodista y escritor John Wooley traza en Wes Craven: El hombre y sus pesadillas una concienzuda radiografía del cineasta a partir de textos previos de otros autores y, sobre todo, de sus conversaciones personales con Craven, dando como resultado un libro único para quienes quieran conocer en profundidad al padre de Freddy Krueger. Wooley, que ha escrito o coescrito más de veinticinco obras a lo largo de su carrera, y fue firma de la revista Fangoria, señala en estas páginas aspectos como la influencia que la religión tuvo en la vida y filmografía de Wes, la conjunción de la explotación con lo artístico que está en la base de su ópera prima o los siempre problemáticos procesos de adaptación a los parámetros comerciales de la industria.
La edición española de Wes Craven: El hombre y sus pesadillas cuenta con textos exclusivos que enriquecen el original inglés, con dos epílogos, uno escrito por el traductor, José Mellinas, y otro por Mike Hostench.
Una persona intelectual puede ver Pesadilla en Elm Street como un estudio de la conciencia y otra puede verla como un espectáculo alucinante. Ambas tienen razón. Si hay algo que me gustaría que aprendieran de mis películas es la idea de que hay esperanza. El mundo es lo que tú imaginas que es. Imaginas tus propias soluciones y defensas, incluso tus propios ataques, ante los Freddy Kruegers de la vida.
Wes Craven
A continuación, os ofrecemos la primera parte del repaso a lo más destacado de la filmografía del director:
La última casa a la izquierda (1972)
«Lo que Craven retrató fue nada menos que el fin del verdadero estilo de vida hippie. […] Las cosas habían cambiado mucho. El movimiento flower power, espiritual e idealista, que abrazaba el uso de drogas y una moral holgada como componentes de su estilo de vida tolerante, se había visto plenamente invadido por personas cuyos motivos eran mucho menos divertidos. Por entonces los hijos de las flores de Estados Unidos ya podían distinguir a un drogadicto criminal que quería estafarles y hacerles daño de un pacifista colocado y benigno que no les deseaba más que buena suerte».
Las colinas tienen ojos (1977)
« Al igual que ocurre con otras películas innovadoras, muchos de los elementos de la trama de Las colinas tienen ojos se han vuelto familiares a través del reciclaje interminable. Sin embargo, en 1977, año de su estreno, la idea de un grupo de personas «normales» que se quedan atrapadas en un lugar aislado y tienen que luchar contra monstruos o psicópatas era algo relativamente nuevo. […] Pero incluso teniendo en cuenta todo esto, sigue impactando y asustando a los espectadores de hoy día, lo que demuestra la habilidad de Craven como cineasta».
Las dos caras de Julia (1978)
«Aunque los telefilmes no contaban con los presupuestos o las estrellas de las grandes producciones, seguían siendo productos de Hollywood que solían contar con rostros conocidos del medio o algún famoso de segunda fila. Por primera vez, Craven se encontró trabajando con lo que el sector cinematográfico consideraría dinero real y nombres reconocibles. Aunque era consciente de que solo era un director de alquiler, se empapó de la experiencia de trabajar en un gran estudio con un gran equipo y un calendario de rodaje relativamente generoso. “Fue una forma de aprender el oficio”».
Bendición mortal (1981)
«Está llena de referencias directas a la forma fundamentalista de la fe cristiana. El personaje de Ernest Borgnine habla de Dios, del demonio y del pecado e incluso se hace un guiño a la existencia de un infierno verdadero al final de la película (aunque esa secuencia tiene más que ver con la insistencia de los productores que con el propio Craven). El infierno de Bendición mortal es el mismo pozo espantoso de horror infinito y de incrédulos infinitamente torturados con el que un joven Wes Craven se familiarizó íntimamente durante los domingos por la mañana en Cleveland».
La cosa del pantano (1982)
«Es posible conjeturar hasta qué punto todos los obstáculos —físicos, financieros y emocionales— afectaron al resultado final, aunque lo cierto es que terminó siendo una obra muy diferente a todo lo que Craven había hecho antes. La mayor diferencia entre esta y otras películas anteriores son sus momentos de sentimentalismo descarado. Quizá tenga que ver con lo que el cineasta percibió como importante en la historia que se le pidió que adaptara, porque el personaje del cómic encaja perfectamente en el molde del héroe trágico, un personaje capaz de sentir, de mostrar compasión a la manera del monstruo de Frankenstein de Boris Karloff».
Las colinas tienen ojos, 2ª parte (1984)
«Como confesó a la periodista Kim Newman: “No estaba previsto que se estrenara así. No estaba acabada, y yo tenía un acuerdo que decía que, cuando terminara el rodaje, los productores se encargarían de la edición y luego estudiaríamos qué hacer. Se iba a filmar material nuevo durante cinco o seis días más, pero decidieron montar una copia de respuesta [la primera de una película, creada para ayudar a los directores a tomar decisiones de postproducción] y, de repente, parecía como si ese fuera el resultado final. La película estaba inacabada y tampoco estaba satisfecho con el último acto. Algunas escenas importantes del segundo acto no funcionaban. Y el arranque era demasiado largo”».
Pesadilla en Elm Street (1984)
«Aquí afloran todo tipo de restos de la época fundamentalista de su autor. En ocasiones, la fe cristiana convencional parece ser un lugar en el que refugiarse cuando las fuerzas terrenales —especialmente los padres— no ayudan, como cuando Tina se aferra a la cruz de la pared de su habitación tras despertar de un sueño de Freddy (así como la frase cantada “coge tu crucifijo” en la recurrente rima de la canción de comba); o como la repetición por parte de Nancy de la nana, “ahora que me voy a dormir”, en la que pide que Dios proteja su alma, tanto si vive como si muere».


