Yo estoy aquí con un cuaderno en las rodillas, escribiendo a mano estas páginas, para intentar meterlo en un libro aun sabiendo perfectamente que encontrará la manera de desbordar también sus límites.
Bud: un gigante por papá es, ante todo, la amorosa carta de una hija a su padre. En esta colección de recuerdos personales y familiares, Cristiana Pedersoli ofrece al lector el hermoso retrato de quien es, según las encuestas, el actor italiano más conocido del mundo, Bud Spencer. Aunque Carlo Pedersoli, nombre real del artista, fue muchas cosas más, y de ellas se nos detallan muchos particulares en el libro. Campeón olímpico de natación, trabajador emigrante en América del Sur, empresario, inventor, piloto de avión, gran comilón, aventurero con ganas de disfrutar de la vida, hombre afable y padre cariñoso… Estas son solo algunas facetas, muchas de ellas desconocidas para el lector español hasta ahora, de quien llegó a la fama mundial en compañía de Terence Hill. Con él o en solitario, Bud Spencer rodó varías decenas de películas que están escritas con letras de oro en la historia del cine cómico.
He aquí una pequeña selección de momentos relacionados con el séptimo arte que aparecen a lo largo del relato biográfico (también autobiográfico) y familiar escrito por la autora:
«En la escena [de Tu perdonas… yo no] que estaban filmando mi padre tenía que atravesar el río con Terence a sus espaldas. La repitieron innumerables veces, mojándose y enfangándose cada vez más. El presupuesto no permitía contar con ropas de recambio entre una toma y otra, así que el de vestuario manchaba antes las prendas con tierra y los actores empezaban otra vez la escena sin cambiarse. En esas condiciones me costaba reconocerlos: parecían dos vaqueros que llevaban sin lavarse años».
«Durante el rodaje de Le seguían llamando Trinidad, empecé a quedarme pasmada al ver quién era el coprotagonista junto con mi padre. Tenía yo más o menos diez años y por primera vez me fijé en sus ojos: eran muy intensos, limpios y profundos. Dos imanes extraordinarios».
«—Maestro, tengo al actor perfecto.
—Dime.
Y ella, superando su timidez, pero temiendo que la despidieran, dijo:
—¡Bud Spencer!
Jamás habría imaginado la reacción de alegría absoluta de [Ermanno] Olmi: se le iluminó el rostro y le contó que una vez que estuvo convaleciente los únicos momento de no preocupación eran en los que podía ver en la televisión las películas de Bud».
«En el rodaje de … y si no, nos enfadamos, en Madrid, mi hermano y yo tuvimos a nuestra disposición durante una semana un parque de atracciones entero: nos pasamos días y días yendo de una atracción a otra».
«Cuando rodó Pies grandes nos mudamos a China durante un par de meses. Yo tenía trece años, y mi hermano quince. […] Me impresionó el contraste que había entre la frenética vida en las ciudades, los barrios americanizados y llenos de rascacielos, o las deslumbrantes luces nocturnas y las tradiciones antiguas de un pueblo de cultura milenaria, que se mantenían tranquilamente como el ritmo que llevaban los champanes, unas largas embarcaciones en las que los chinos pescaban y transportaban mercancías».
«Empezó a volar en 1972, durante el rodaje de ¡Más fuerte, muchachos!. En la película interpretaba a un piloto de avión, Salud, que vivía de transportar aviones de una parte a otra de América del Sur junto con su compañero Plata (Terence). Estuvo muchos días en la cabina de mando, poniendo en marcha los motores, si bien después era sustituido por un piloto de verdad en el momento del despegue. Entre descanso y descanso se quedaba en la cabina y preguntaba al piloto acerca de cómo despegar, que qué había que hacer, que dónde mirar… Observaba todos sus movimientos, memorizaba los pasos y el uso del panel de instrumentos de la cabina. Pasaron los días y el empezó a darle vueltas a la idea de intentar despegar».
«En 2016 mi padre recibió la visita de dos fans: Marcus y Jorgo. Marcus había sido soldado en las fuerzas especiales alemanas. Durante una operación se rompió dos cervicales y tuvo que guardar reposo en cama durante un año con el temor de no volver a andar. Durante aquel interminable periodo se pasó horas y horas viendo en televisión las películas de mi padre y Terence Hill. Marcus sostenía que la energía y la fuerza de sus personajes le habían dado la motivación adecuada para conseguir curarse. Jorgo, por el contrario, solo había escuchado las películas. Ciego de nacimiento, había aprendido a tocar las canciones de las bandas sonoras y se sabía diálogos enteros de memoria. Cuando quedaron con mi padre, le contaron que estaban filmando un documental sobre él, para rendirle homenaje y mostrar su gratitud por todo lo que, sin saberlo, había hecho por ellos».


