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Trabajar con niños en un arte aparte. He usado la palabra «trabajar», pero no es la apropiada. De hecho, un niño no tiene que trabajar sino divertirse. Esa la condición esencial para obtener esa espontaneidad que han reconocido en mi obra.

Luigi Comencini

En Lo que nunca volverá no solo se realiza una aproximación concienzuda, con el análisis de más de sesenta largometrajes, a la relación existente entre el cine y los niños, lo que constituye el grueso del volumen, sino que también se incluyen unos apartados muy especiales. En primer lugar, se realiza un revelador repaso histórico a cortometrajes y episodios donde se ha tratado el tema. En segundo lugar, se elabora una suerte de coro griego, producto de una intensiva labor de documentación, donde se recogen declaraciones hechas por cineastas acerca de su trabajo con menores de edad en el plató, así como las reflexiones y recuerdos de quienes un día fueron niños actores. En tercer lugar, se proponen veinte ciclos temáticos que aportan un amplio de número de nuevas pistas. Y en cuarto y último lugar, se indican otros ciclos, consistentes en tres películas cada uno, bajo el punto de vista de la pediatría. Todos estos elementos hacen de la obra un volumen cargado de ideas, informaciones y planteamientos teóricos que invita a ser leído de varias formas, según las necesidades del lector.

Los autores (escritores y críticos de revistas como FotogramasCaimánDirigido por o Insertos) son  Santiago Alonso, Ana I. Álvarez García, Cristina Aparicio, Anaís Berdié, Jesús Cuéllar Menezo, Javier González de Dios. Miguel Martorell, Mireia Mullor Vicedo, Diego Olmedo, David G. Panadero, Yago Paris, Laura Pavón Aramburú, Daniel Pérez Pamies, Álvaro Peña, Ignacio Pablo Rico Guastavino, Juanma Ruiz, Isabel Sánchez, Diego Salgado, Marian Salgado y Snuff. Tras nuestras dos entregas anteriores (1 y 2), he aquí otra pequeña muestra más de las películas y los comentarios que el lector encontrará en Lo que nunca volverá:

Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959)

«Doinel es un jovencito imaginativo que sufre continuamente la hostilidad de su madre —es fruto de una relación esporádica de cuando ella era soltera—, la indiferencia de su padrastro, que a duras penas le soporta —no dudará en entregarle a la policía cuando este robe una máquina de escribir de su oficina— y la brutalidad de un maestro que prácticamente sigue la máxima de que la letra con sangre entra. Ante tal panorama, el niño decide escaparse de casa en busca de algún futuro que no sea acabar internado con los jesuitas o alistarse en el ejército». David G. Panadero

El milagro de Anna Sullivan (Arthur Penn, 1962)

«A los otros niños les gustaba esperar fuera del estudio hasta que les llamaran para hacer su escena, pero yo me colaba antes, entrando y quedándome sin apenas respirar, para admirar a esos actores a los que (presentía) jamás llegaría a parecerme. En aquel momento yo debía de tener seis o siete años y soñaba con interpretar algún día a Hellen Keller, ese personaje infantil, sin texto como tal, de El milagro de Ana Sullivan. Me parecía un ejercicio sublime del arte interpretativo, un verdadero “caramelo” para una actriz, un papel que atrapa al espectador con su furia y su dolor». Marian Salgado

A las nueve cada noche (Jack Clayton, 1967)

«La película aborda argumentos desasosegantes de por sí: la disparidad entre el entendimiento adulto de la religión como sistema racionalizado de creencias y su percepción infantil como ámbito mágico, la exacerbación con la edad de la (falsa) moral para encubrir el sentimiento de culpa por errores del pasado y el impacto que ello tiene en los hijos, la confusión emocional de la adolescencia y el desarrollo de los complejos de Electra y Edipo, la disonancia en la educación de los hijos que provoca nuestra incoherencia como padres entre actos y discursos, la idoneidad de la institución familiar tradicional y de los servicios sociales modernos para entender la infancia en toda su complejidad…». Diego Salgado

La tumba de las luciérnagas (Isao Takahata, 1988)

«Otro paralelismo que se puede establecer entre La tumba de las luciérnagas y otras obras sobre la infancia tiene que ver con el hecho de que, en función de la edad, los niños son más o menos conscientes de la gravedad de aquello a lo que se enfrentan, y por tanto lo sufren en mayor o menor medida. La conexión se puede dar, precisamente, entre las dos obras del Studio Ghibli de 1988. Tanto en esta como en Mi vecino Totoro, los pequeños de diferentes edades deben vivir experiencias traumáticas». Yago Paris

Léolo (Jean-Claude Lauzon, 1992)

«La nostalgia del personaje por la infancia de ese siglo que se esfumaba, es decir, por lo no vivido —la literatura, a la que apenas puede asomarse gracias a las palabras de Ducharme, y la música, cuyos únicos rastros son un vinilo roto y la canción melancólica que canta su vecina Bianca—, necesita del cine para volver a ser». Ignacio Pablo Rico

Yuki & Nina (Nobuhiro Suwa y Hippolyte Girardot, 2009)

«El bosque es el espacio, hermoso y hostil, que recorre el protagonista para llegar a un lugar determinado. El realizador japonés Nobuhiro Suwa codirige con el actor francés Hippolyte Girardot una película donde las niñas protagonistas se sumergen en un bosque a las afueras de París, y lo que en un principio parece una historia sobre el desmoronamiento de la cotidianeidad que comparten dos amigas se va transformando, de manera sencilla, en un relato mágico para tender un puente entre dos culturas, Occidente y Oriente». Isabel Sánchez

Verano 1993 (Carla Simón, 2017)

«Toda la película sigue la evolución del proceso de duelo en la infancia. Una de las características más comunes en esta etapa es la de expresar el dolor a través del juego, una asociación que permite articular el miedo a morir o a experimentar otra pérdida como la que se acaba de sufrir. Gracias al juego, Frida es capaz de sentir la seguridad necesaria para expresar sentimientos íntimos que no sabe gestionar ni exponer con palabras». Cristina Aparicio

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