Entrevista con el autor de Rebobinando: El libro de la generación videoclub
Rebobinando: El libro de la generación del videoclub es la detallada crónica de una historia probablemente irrepetible por lo que supuso de cambio o complemento en la relación que muchas personas tenían con el cine: la irrupción en nuestras vidas como espectadores, durante los años ochenta, de aquellas tiendas donde se alquilaban películas en videocasetes. El autor de este recorrido tanto histórico como cinéfilo, a la par que sentimental, es el director José Fernández Riveiro, quien estrenó en 2017 Rebobinando, la edad de oro de los videoclubs, el largometraje que funciona como base de este volumen, un trabajo que amplía a lo largo de 300 páginas la exploración realizada en pantalla. Hablemos con él acerca de este proyecto creativo tan personal:
Como cineasta especializado en el género documental, el arte escénico y el cine son temas recurrentes en tus trabajos. Aunque también te gusta indagar en otros asuntos, ¿de dónde viene este interés especial tan concreto?
Creo que uno de los motivos que me mueven a la hora de plantearme contar una historia es ponerme en el punto de vista de un espectador neutral, un punto de vista ajeno al mío, y ver si esa historia sería capaz de resultarme interesante. Después, obviamente, el cine es uno de los vehículos perfectos para contar infinidad de historias, porque desde niño he tenido la posibilidad de engullir cine y darme cuenta de que una misma historia puede servir para contar muchas cosas diferentes al mismo tiempo.
¿Y el otro aspecto de indagación social y comprometida de tu filmografía?
Brinda una ocasión para aprender o descubrir algo nuevo que pueda ser de utilidad para conocer el porqué de determinadas cosas que puedan tener influencia en nuestra vida cotidiana y, a la vez la capacidad de despertar distintos tipos de emociones en los espectadores. Esto resulta una de las experiencias más satisfactorias y reconfortantes tras el ingente trabajo de investigación y producción que suelen acarrear estos proyectos.
Tu primera película sobre tema cinematográfico fue precisamente Rebobinando. ¿Cómo surgió la idea de hablar de cine y, a la vez, de un fenómeno socio-cultural como fue el auge de los videoclubs?
Quienes me conocen saben perfectamente la importancia que han tenido los videoclubs en mi vida. Las películas que alquilaba me acompañaron en algunos de los mejores y los peores momentos de mi infancia y, en cierto modo, han contribuido a formarme no solo como aficionado al cine, sino también como persona. Tenía claro que una de las historias que quería contar a toda costa era la de estos lugares tan importantes para tantísima gente.
¿Algún recuerdo especial del rodaje o la difusión del documental?
A pesar de que en aquel momento el documental fue rodado con gran austeridad en lo que a medios se refiere, guardo unos recuerdos absolutamente imborrables del rodaje. No solamente me permitió conocer a varios artistas que he admirado muchísimo durante tantos años, como es el caso de Andrés Pajares, quien me demostró una generosidad y simpatía inmensas cuando aún estaba convaleciente de una reciente operación de espalda, sino que también me dio la oportunidad de conocer a muchas otras personas con las que compartía gustos e intereses, personas a quienes seguía desde hacía años y con los que al final he acabado forjando una estupenda relación de amistad. Una de ellas es Paco Fox, otra que se merece una estatua.
Para los que recordamos los videoclubs como parte de nuestra infancia y juventud, las visitas a estas tiendas estaban asociadas a un ritual: ir (solo o en compañía), decidir película (un proceso a veces largo y complicado), llevarte la cinta a casa y disfrutar de lo que habías alquilado. Cuéntanos algo acerca de tus rituales o tus sesiones caseras.
Bueno, esta respuesta podría ser bastante extensa, ya que desde que tengo uso de razón puedo verme rodeado de cintas, puesto que mis padres distribuían películas a videoclubs. Pero también pasaba muchas horas en ellos y, a medida que iba creciendo, parte de los rituales iban cambiando. Y no solamente en relación al género alquilado, ya que incluso desde niño siempre he tenido un gusto muy ecléctico y, además, tuve la suerte de que en casa había mucho amor por el cine y siempre se podía ver de todo. Uno de los rituales que recuerdo con más cariño es cuando mi madre y yo hacíamos maratones de «españoladas», ya que precisamente durante muchos años algunas de mis películas de cabecera eran las de Pajares, Fernando Esteso, Antonio Ozores y Juanito Navarro. Así que algún fin de semana podíamos ver hasta tres o cuatro películas seguidas.

¿Cuáles fueron «tus» videoclubs? ¿Alguno preferido?
No puedo asegurar que fuese el primero al que fui, pero sí que es mi primer recuerdo vago en un videoclub. El Memphis, en Gijón. Un olor muy característico y la zona de alquiler de películas que estaba en una planta baja, con unas escaleras de madera muy peligrosas, porque en realidad era una tienda de música donde te podías encontrar todo tipo de discos y, con el auge del formato doméstico, se había habilitado un espacio para el alquiler de cintas. Siendo un bebé, mis padres me llevaban cuando iban a comprar algún disco. Así que este, junto con Videocambio 95, que era el que más cerca me quedaba de casa, y Videoclub 85, que continúa abierto y aparecía en el documental, al igual que el Videoclub Audiovisión, han sido algunos de los más importantes.
Tal vez el más especial puede haber sido Audiovisión. Es curioso, pero no lo descubrí hasta 2014, porque entre otras cosas, me quedaba muy a desmano. Sin embargo, tanto la calidad del catálogo disponible como la calidad humana de Manuel, su propietario, hicieron que rápidamente se convirtiese en mi videoclub favorito y encontrase a otra de esas personas que tanto se agradece encontrar a lo largo de nuestras vidas.
No me gustaría olvidarme de los videoclubs que en su momento iniciaron una andadura que durante años fue increíblemente exitosa: la de los alquileres de videojuegos. La primera vez que alquilé un juego para la NES fue en el Videoclub Byte, y al que siguieron muchos otros. Y ahí comenzaba otro ritual, en el que cada viernes iba con mi hermano y un amigo suyo siguiendo una ruta de videoclubs para buscar juegos nuevos que probar durante el fin de semana. En este caso, donde más horas he pasado, hasta bien entrada la veintena, ha sido en Videoclub Plató. Otro lugar con gente increíblemente maja que no podía obviar, por si sus responsables llegasen a leer esto.
¿Recuerdas cuál fue tu «último» videoclub y la última película que alquilaste?
Bueno, aunque ahora por desgracia ya quedan muy pocos, Gijón ha sido una ciudad donde hasta hace relativamente contábamos con más de una docena de videoclubs en activo. Sigo alquilando con cierta frecuencia en Videoclub 85, que además dispone de una sala de cine para disfrutar en pantalla grande. La última película que he alquilado es Los nuevos centuriones (Richard Fleischer, 1972) un thriller policiaco con George C. Scott, Stacy Keach y Jane Alexander, que no había visto nunca y pertenece a una sección de clásicos que me entusiasma.
¿A qué atribuyes que los intentos de dar nueva vida a los videoclubs con la llegada del deuvedé no terminaran de cuajar?
En realidad, la llegada del deuvedé sí que logró espolear un poco algo que llevaba tiempo de capa caída. Al menos en Gijón comenzaron a abrirse un buen número de locales nuevos y otros ampliaban horarios para funcionar hasta bien entrada la madrugada, lo que unido a la posibilidad de devolver las películas a través de buzones o incluso alquilarlas en los cajeros, hacía que mucha gente acudiese de nuevo a estos locales para darles una especie de segunda vida. Lo que ocurre es que la piratería resultaba un enemigo feroz que hacía que, por un lado, muchos de estos locales se viesen abocados al cierre y, por otro, que los que quedaban tuviesen que reinventarse. Ya fuese como tienda especializada, con catálogos de cine independiente o añadiendo muchas ofertas, chucherías y todo tipo de productos para el hogar, que es como muchos de ellos todavía están funcionando.
Por cierto, ¿rebobinabas?
La verdad es que no era de los que rebobinaba las cintas. Al menos hasta que pude hacerme con un rebobinador para que el vídeo no sufriese tanto.
¿Cómo surgió la oportunidad de continuar el proyecto Rebobinando en formato libro?
Si no recuerdo mal, fue hablando con Pedro José Tena poco después del paso de Rebobinando por los festivales de Gijón y Sitges. Tanto él como Frank conocen de primera mano el mundo de los videoclubs y por encima de todo compartimos amor por estos locales por lo que han supuesto para nosotros como aficionados al cine, así que no fue necesario hablar mucho para que la idea saliese adelante. Sí fue un poco más largo el proceso de la creación del mismo, por la propia extensión de lo que abarca el libro y la importancia que desde la editorial se da a que todas y cada una de sus publicaciones resulte lo más completa y cuidada que nos podamos imaginar. Creo que finalmente el resultado ha sido fantástico.
Hay aspectos muy interesantes de este trabajo, como es el mismo origen del formato doméstico, la creación y funcionamiento de los videoclubs o el repaso hecho a las distribuidoras nacionales. ¿Hay algo de la investigación que has hecho que te llame especialmente la atención, alguna sorpresa o descubrimiento?
El mundo de las distribuidoras siempre me ha parecido absolutamente fascinante. Hay que tener en cuenta que en el momento de máximo esplendor de los videoclubs había varios miles de ellos a lo largo del país. Con lo cual había decenas de distribuidoras nacionales que eran capaces de traernos películas absolutamente increíbles. No siempre para bien, porque además de grandes títulos de renombre, también nos encontrábamos joyas ignotas, pero ese era otro rasgo inimitable de los videoclubs. Un catálogo interminable que se renovaba constantemente con todo tipo de producciones.

¿Hay alguna clase de género o películas en concreto que te haya hecho especial ilusión tratar? O quizás que haya despertado algún recuerdo…
Muchas de las ya mencionadas y por desgracia, mal llamadas, «españoladas», como El liguero mágico (Mariano Ozores, 1980) que ha sido una de las que más veces he visto desde niño, pero también, muchas de las que hablamos en el capítulo de los títulos que solamente te podías encontrar en los videoclubs y jamás han vuelto a editarse en ningún otro formato. He tenido que ingeniármelas para conseguir ver de nuevo películas que recordaba de una manera tan difusa que no podía permitirme hablar sobre ellas. Así que ver de nuevo muchas de estas películas, y en el mismo formato, en VHS, ha sido como regresar al pasado.
El libro contiene mucha y variada información, aparte de que tratas muchos largometrajes. También prestas atención a muchos fenómenos, por ejemplo el de las carátulas, que a veces eran mucho mejores que las películas en cuestión o solo servían para engañar al consumidor. ¿Recuerdas alguna carátula que te fascinara en particular? ¿Alguna decepción posterior?
Sin lugar a dudas, una de las que más me llamaban la atención era la de Zombi (Dawn of the dead, George A. Romero, 1978) porque el estuche te permitía ver dos caratulas diferentes al mismo tiempo dependiendo de cómo dejases colocada la cinta. Decepciones me he llevado muchas, pero la primera que se me viene a la cabeza es la de Frankenstein a la italiana (Armando Crispino, 1975), porque parecía que podía ser la versión italiana de El jovencito Frankenstein que un año antes había estrenado Mel Brooks… No solamente es que no fuese así, sino que el principal reclamo de la cinta, es decir, la presencia de Alvaro Vitali se reduce a una brevísima aparición inicial.
Por cierto, ¿eres coleccionista de cintas?
Sí, precisamente las primeras películas que coleccionaba de niño eran las de Pajares y Esteso. Como es lógico, te vas haciendo mayor y vas buscando otro tipo de cosas en el cine. Al final he coleccionado un poco de todo. Tengo más de 4000 cintas en VHS y, a pesar de que ahora soy mucho más selectivo con lo que añado, espero poder seguir ampliando la colección… mientras me dejen.
Esta pregunta la entenderá quien ya haya leído el libro: ¿El erótico enmascarado o Holocausto caníbal?
Jajaja, es difícil. Es innegable que la relevancia del título de Ruggero Deodato ha sido mucho mayor, pero que la de Mariano Ozores fuera la única que no me dejaron alquilar en un videoclub, iguala mucho las cosas. No obstante, me sigue resultando atroz la facilidad con la que en aquella época se torturaban a los animales, por lo que creo que me quedo con El erótico enmascarado, porque, a pesar de no ser una obra cumbre de la comedia ni muchísimo menos, Antonio Ozores tiene un par de momentos desternillantes y la canción de «Lorenzo» de los créditos de inicio es cuando menos simpática.
¿VHS o Beta?
VHS siempre. Sí, los Beta llegaban a verse mucho mejor, pero, aunque a veces no podía alquilar alguna película que solamente había en Beta, el catálogo acabaría siendo muy limitado en comparación al disponible en VHS.
¿Qué relación has tenido con la pantalla grande? O dicho de otra manera: en tu formación como documentalista, ¿cuánto ha tenido de importancia el cine y cuánto la pequeña pantalla?
Posiblemente se han retroalimentado entre sí. Aunque es cierto que si ponemos el peso de ambas en una balanza, posiblemente se inclinaría más del lado del cine, ya que las influencias en alguno de obras como Morir en Madrid (Frédérick Rossif, 1963) o Canciones para después de una guerra (Basilio Martin Patino, 1976) en mis trabajos son muy claras. A nivel formal sí que se puede encontrar algún detalle que se corresponde más con la pequeña pantalla, pero en este aspecto se podría tratar únicamente de eso, detalles.
¿Cómo ves la situación actual en la que se está potenciando interesadamente el consumo doméstico del cine a través de las plataformas y, también interesadamente, se intenta acabar con las salas?
Me parece fantástico que por fin podamos disfrutar de algo que durante tanto tiempo habíamos soñado. El catálogo disponible en las plataformas existentes resulta casi inabarcable, pero claro, tiene su parte negativa y no solamente a nivel económico si queremos contar con suscripción a todas ellas. Algunas plataformas casi te «obligan» a consumir un estilo determinado de propuestas que, por otro lado, son muy similares entre sí. Mientras, montones de producciones de gran nivel pasan con más pena que gloria por salas de cine abarrotadas de pases casi continuos de grandes producciones que, al final, acaban siendo también lo mismo y que como ha ocurrido con muchos otros fenómenos comienzan a perder fuelle, haciendo que tanto las salas como los espectadores y principalmente otras producciones más humildes, que no han encontrado huecos en salas que pudiesen resultar favorables, sean quienes paguen los platos rotos.
No creo que se quiera acabar con las salas, pero tanto el consumo de cine como el ocio en general han cambiado mucho. Y creo que en parte esto viene de la educación cinematográfica que recibimos o inculcamos en la familia. En mi caso, siempre he ido al cine, desde muy pequeño, y con mi hija ha ocurrido lo mismo. Nos parece una de las opciones de ocio más interesantes que hay y que debería ser algo que potenciar desde los colegios. Por eso creo que son tan importantes actividades como la que promueve el FICX (Festival internacional de cine de Gijón), que hace precisamente esto, llevar a miles de niños y jóvenes a sesiones especialmente enfocadas a su edad para despertar el amor por ese ritual especial que engloba todo lo que supone ir al cine y, principalmente, para despertar un pensamiento crítico y constructivo que potencie su creatividad.
¿No crees que se ha perdido algo (y algo importante) en el camino si comparamos el acto de ir a un videoclub y el de simplemente ir bajando ir bajando «contenidos» en una pantalla?
Desde luego, se ha perdido lo que en el fondo suponía el componente más importante de los videoclubs, el social. Te permitía encontrarte y conocer a gente con tus mismos intereses y aficiones, dando lugar a auténticas tertulias maratonianas. Y estaba por la importancia que tenían los buenos «videocluberos», que eran aquellos que ya conocían tus gustos e intereses y en función a esto te iban recomendando películas. Ah, ¡y a veces hasta te las podías llevar a casa antes que nadie!
Está claro que no tiene nada que ver bucear por un catálogo, que siempre tiende a guiarte por donde él quiere, con sumergirte en las profundidades de un videoclub donde el batiburrillo de producciones era tal, que en un mismo estante te podías encontrar grandes blockbusters junto a algunas de las copias descaradas de los mismos.
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